La escena que contemplamos hoy es sencilla, pero profundamente elocuente. En el centro, dos figuras se abrazan. No hay gestos grandilocuentes ni escenarios espectaculares. Solo un abrazo. Un gesto silencioso que sostiene, que consuela, que protege.
Alrededor, la vida continúa: pequeñas escenas humanas, rostros, historias dispersas. Como si el mundo siguiera su curso mientras, en ese abrazo, ocurre algo decisivo. Porque perdonar siempre sucede en lo íntimo. No hace ruido. No ocupa titulares. Pero transforma.
Perdonar no cambia el pasado. Lo sucedido no puede borrarse. Las heridas no desaparecen por arte de magia. Sin embargo, el perdón tiene la fuerza de cambiar el futuro. Y eso lo cambia todo.
El abrazo de la imagen no niega el dolor; lo atraviesa. No es olvido ni ingenuidad. Es una decisión: la de no dejar que el rencor tenga la última palabra. La de no permitir que la ira o la venganza se instalen en el corazón.
Y el perdón se aprende. Se ejercita cada día, en los pequeños conflictos, en las palabras que moderamos, en el orgullo que sabemos doblar.
Perdonar no reescribe ayer. Pero puede inaugurar un mañana distinto. Y, a veces, basta un abrazo para empezar.
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