Doscientos diez años llevaba allí. Dos siglos viendo pasar generaciones. Gente que subía al camposanto a despedir a los suyos, vecinos que caminaban por la plaza, niños que crecían bajo su sombra. El drago estaba ahí, como si fuera parte natural del horizonte.
Y, sin embargo, bastó una noche de viento fuerte para derribarlo.
Las imágenes impresionan: el tronco gigante caído, los coches atrapados, las raíces al descubierto. Un árbol que parecía eterno… y que de repente ya no está.
Quizá por eso esta imagen tiene algo que decirnos. Porque nos recuerda algo que sabemos, pero que a veces olvidamos: nada en este mundo dura para siempre. Ni siquiera aquello que nos parecía sólido, antiguo, casi inmortal.
El drago cayó precisamente junto al cementerio. Y eso tiene algo de símbolo. Allí donde recordamos que la vida humana es pasajera, también la naturaleza nos recuerda su propia fragilidad.
Pero esta conciencia no tiene que ser triste. Al contrario. Nos ayuda a poner cada cosa en su sitio. A comprender que lo verdaderamente definitivo no está en lo que pasa, sino en aquello que permanece.
La tradición cristiana lo dice de forma sencilla: todo cambia, todo pasa… solo Dios permanece.
Quizá por eso la caída de este viejo drago no es solo una noticia curiosa de la tormenta. Es también una invitación silenciosa a vivir con más verdad, con más gratitud y con más profundidad.
Porque si todo es pasajero, entonces lo importante no es cuánto dura algo… sino para qué vivimos mientras dura.
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