«LA IRA, OBSTÁCULO PARA EL ESPÍRITU»


En los Ejercicios Espirituales de 2026 predicados ante el Papa León XIV y los responsables de la Curia Romana, el obispo Erik Varden abordó otra tentación menos visible, pero profundamente corrosiva: la ira. En un tiempo crispado, donde la indignación parece virtud y el enfado se confunde con lucidez moral, su advertencia resulta especialmente oportuna. 

La Cuaresma —recordaba— no es un itinerario de tensión espiritual, sino un camino de purificación orientado a la paz. La Iglesia, al proponer este tiempo fuerte, no nos introduce en un clima de ansiedad religiosa, sino en una pedagogía de reconciliación. Si algo debe crecer en nosotros durante estas semanas es la capacidad de pacificar el corazón. 

Pero no se trata de una paz superficial ni evasiva. El obispo de Trondheim subrayaba la necesidad de articular la radicalidad de la paz cristiana, una paz que brota de la entrega justa y valiente. No es resignación ante la injusticia ni silencio cómplice, sino firmeza serena, arraigada en la confianza en Dios. 

En este contexto citaba las palabras siempre actuales de Juan Clímaco: «No hay mayor obstáculo para la presencia del Espíritu en nosotros que la ira». La afirmación es contundente. La ira, aun cuando parezca justificada, levanta un muro interior que dificulta la acción del Espíritu. Puede movilizar energías inmediatas, pero deja tras de sí un corazón endurecido. 

La tradición cristiana distingue con cuidado entre la justa indignación ante el mal y la ira que se instala como actitud permanente. Esta última no construye; desgasta. No ilumina; oscurece. Bajo su influjo, las palabras se vuelven ásperas, los juicios precipitados y las relaciones se erosionan. El alma pierde transparencia. 

Frente a esa deriva, la paz cristiana es descrita como aquella «que el mundo no puede dar». No depende de equilibrios externos ni de consensos frágiles. Es fruto de una comunión interior con Cristo que sostiene incluso en medio del conflicto. Por eso no es debilidad, sino fortaleza disciplinada. 

Esa paz, además, tiene un carácter testimonial. Da cuenta de una presencia: la de Jesús que permanece en quien le es fiel. No es simple autocontrol psicológico, sino manifestación de una vida transformada. Allí donde alguien responde sin odio, sin rencor y sin violencia verbal, algo del Evangelio se hace visible. 

La propuesta es clara y exigente: revisar nuestras reacciones, purificar nuestros impulsos y custodiar el corazón. «La fidelidad al ejemplo y a los mandamientos de Cristo es el sello distintivo de la autenticidad cristiana», recordaba el predicador. En un mundo que normaliza la agresividad, optar por la paz es un acto contracultural. Y, sin embargo, es también la condición para que el Espíritu encuentre espacio en nosotros y haga de nuestra vida un verdadero signo de esperanza. 

Comentarios