LA CRUZ DE HOY TIENE NOMBRE Y MADRE


En una de las capillas de la Iglesia de Santo Domingo se encuentra una escena que, aunque nacida del lenguaje expresionista de Hugo Pitti, parece hablarnos con una fuerza sorprendentemente actual. Es el encuentro de María con su Hijo camino del Calvario. Pero no es solo una escena religiosa: es, en el fondo, el retrato de todas las madres que han visto a sus hijos humillados por la dureza del mundo. 

La composición es inquietante. Los rostros deformados, los colores intensos, la violencia de las líneas… todo parece gritar. Y, sin embargo, en medio de ese grito hay una mirada: la de una madre que no puede evitar el sufrimiento de su hijo, pero tampoco apartarse de él. María no interviene, no detiene la cruz, pero permanece. Y ese permanecer es ya una forma de resistencia. 

Hoy, esa escena no pertenece solo al pasado. Se repite en tantos lugares donde una madre contempla cómo su hijo es arrastrado por caminos que no eligió. Jóvenes atrapados en la droga, en la violencia, en la desesperanza, en la soledad digital o en la presión de una sociedad que exige éxito sin ofrecer sentido. La cruz adopta formas nuevas, pero pesa igual. 

Hay algo especialmente doloroso en la humillación pública. En la obra de Pitti, Jesús no solo sufre: es expuesto, rodeado de miradas, empujado por manos anónimas. También hoy muchos jóvenes son crucificados en plazas modernas: redes sociales, entornos escolares hostiles, juicios rápidos sin compasión. Y, al fondo, siempre hay alguien que ama en silencio. 

María, en la tradición cristiana, no es una figura pasiva. Su dolor no es resignación vacía, sino fidelidad radical. Permanece porque ama, y ama incluso cuando no comprende del todo. Esa es quizá la clave más profunda del cuadro: el amor que no se retira cuando la realidad se vuelve insoportable. 

En nuestra sociedad, tan inclinada a huir del sufrimiento, la figura de María resulta incómoda. Nos recuerda que hay dolores que no se solucionan con rapidez, que no se tapan con distracciones, que no desaparecen con técnicas. Hay dolores que se atraviesan, acompañando, sosteniendo, esperando. 

La madre del cuadro podría ser hoy cualquier mujer de La Laguna, o de cualquier lugar: una madre que acude a una comisaría, a un hospital, a un instituto; una madre que espera una llamada; una madre que reza en silencio sin saber ya qué pedir. En cada una de ellas resuena ese mismo gesto: no abandonar. 

Pero también hay una llamada para todos. No ser parte de la multitud que empuja, que juzga, que se acostumbra al sufrimiento ajeno. La obra nos coloca incómodamente en medio de la escena: ¿somos los que cargan, los que miran, los que hieren… o los que acompañan? 

Quizá por eso esta pintura, escondida en un templo histórico, tiene tanto que decir a la ciudad actual. Porque, más allá del arte, nos devuelve una pregunta esencial: ¿qué hacemos con el dolor del otro? María no lo explica, no lo resuelve. Simplemente está. Y a veces, en un mundo que corre demasiado, eso es lo más revolucionario que podemos ofrecer.

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