EL SIGNO QUE TOCA LA VIDA


La imagen de esta semana nos muestra algo aparentemente pequeño y discreto: los recipientes de los santos óleos. A simple vista podrían parecer apenas unos frascos litúrgicos, unos utensilios reservados para las celebraciones de la Iglesia. Pero, en realidad, contienen un lenguaje profundamente humano y creyente: el lenguaje de la unción. 

Precisamente esta semana, con la celebración de la misa crismal en Tenerife, esta imagen adquiere una fuerza especial. Los óleos nos recuerdan que la fe no se vive solo con ideas, sino también con signos que tocan la vida. El aceite suaviza, fortalece, alivia, consagra. No es extraño que la tradición cristiana lo haya convertido en símbolo de la presencia de Dios que cura, sostiene y envía. 

En esos óleos está, de algún modo, resumido el itinerario de toda una existencia. Con ellos se unge al niño que comienza su camino en la fe, al joven o al adulto que es fortalecido por el Espíritu, al enfermo que necesita consuelo y esperanza, y también aquello que queda consagrado para una misión santa. Es hermoso pensar que la Iglesia acompaña la vida humana no desde lejos, sino tocando sus heridas, sus comienzos, sus decisiones y sus esperanzas. 

Por eso esta imagen no habla solo de liturgia; habla de nosotros. Habla de una fe que quiere entrar en la fragilidad humana para dignificarla. Habla de una Iglesia que bendice el aceite para recordar que Dios no abandona al ser humano, sino que se acerca a él, lo acaricia, lo fortalece y lo envía. En una sociedad tantas veces endurecida, la imagen de los santos óleos nos devuelve una certeza: hay realidades que solo pueden comprenderse desde la delicadeza, la consagración y el cuidado.

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