Es Lunes Santo. La Semana Santa apenas ha comenzado su itinerario más hondo, y la fe se sitúa hoy en ese umbral donde todavía todo está por decirse en el corazón. No es un día para el estruendo, sino para la súplica; no para las afirmaciones rotundas, sino para la humilde verdad de quien reconoce que necesita volver a empezar. Hay palabras que, en este día, no solo se leen: acompañan. Y este poema de José Luis Blanco Vega, S. J., con su tono orante y su claridad despojada, nos pone delante de lo esencial.
“Libra mis ojos de la muerte; dales la luz que es su destino”. El poema comienza pidiendo luz, y no puede haber petición más oportuna para un Lunes Santo. Porque hay muchas formas de oscuridad que no tienen que ver con la noche: la costumbre, el cansancio, la decepción, la rutina interior, la pérdida de horizonte. Se puede mirar sin ver, caminar sin comprender, vivir sin descubrir lo que de verdad sostiene la existencia. Por eso el poeta no pide cosas extraordinarias; pide que los ojos recuperen su destino, que es la luz.
Y enseguida la imagen del ciego del camino introduce una de las notas más hermosas del texto: la humildad. “Yo, como el ciego del camino, pido un milagro para verte”. Solo quien acepta su fragilidad puede abrirse al milagro. Solo quien reconoce que no lo ve todo deja espacio para que Dios se manifieste. En este verso hay una esperanza limpia: la de saber que la ceguera no tiene la última palabra. Que todavía es posible recobrar la mirada, reconocer la presencia de Dios, advertir que el bien existe y que la vida puede ser iluminada de nuevo.
Después el poema desciende a las manos, como si quisiera recordarnos que la fe no habita solo en la intimidad del pensamiento, sino también en los gestos concretos. “Haz de esta piedra de mis manos una herramienta constructiva”. La imagen es poderosa. Las manos pueden ser piedra: pueden cerrarse, endurecerse, aferrarse a lo suyo, perder delicadeza para el encuentro. Pero también pueden ser transformadas. Lo que estaba endurecido puede volverse útil; lo que parecía obstáculo puede convertirse en instrumento. Hay en esta súplica una invitación serena y exigente al compromiso.
No se trata únicamente de sentir algo hermoso durante estos días, sino de dejar que la Semana Santa pase por la vida real. Unas manos constructivas son unas manos que ayudan, levantan, trabajan, sostienen y comparten. El poema pide que se cure “su fiebre posesiva” y que se abran “al bien de mis hermanos”. Ahí está, dicho con admirable sencillez, uno de los grandes aprendizajes de la fe: salir de uno mismo para convertirse en bien para otros. La esperanza cristiana, cuando es verdadera, no adormece ni aparta del mundo; despierta energías nuevas para hacerlo más habitable.
La tercera estrofa llega al corazón. “Que yo comprenda, Señor mío, al que se queja y retrocede”. No pide superioridad moral, ni firmeza altiva, ni distancia frente al débil. Pide comprensión. Pide entrar en el dolor ajeno sin dureza, acercarse al que ha perdido fuerzas sin desprecio, acompañar al que vacila sin convertir su fragilidad en motivo de condena. Hay una gran hondura humana en estos versos, porque saben que no todos avanzan con el mismo paso, ni todos resisten de la misma manera.
Y aún añade una petición decisiva: “que el corazón no se me quede desentendidamente frío”. Tal vez una de las peores derrotas del ser humano sea esa: el enfriamiento interior, la costumbre de no implicarse, la indiferencia que termina por parecer sensata. El poema, en cambio, pide un corazón despierto. No un corazón ingenuo, sino vivo; no un corazón sentimental, sino disponible. También aquí el Lunes Santo nos ofrece una lección necesaria: seguir a Cristo no consiste en endurecerse, sino en aprender la fortaleza de la compasión. Solo un corazón tocado por el amor puede sostener de verdad la esperanza.
Finalmente, el poema se adentra en el territorio de la fe probada. “Guarda mi fe del enemigo”. El creyente sabe que la fe también atraviesa desiertos, que no siempre resulta fácil sostenerla, que hay voces, dentro y fuera, que siembran desgaste, distancia y desaliento. “Tantos me dicen que estás muerto”, confiesa el verso con una sinceridad que lo vuelve cercano. Pero el poema no termina en la duda, ni en la amargura, ni en el repliegue. Mira al Señor que conoce el desierto y le pide simplemente compañía.
“Dame tu mano y ven conmigo”. Tal vez no haya mejor horizonte para este Lunes Santo. Porque, en el fondo, eso es lo que necesitamos: ojos iluminados, manos transformadas, corazón compasivo y una fe que se deje acompañar. No para vivir al margen de los días, sino para atravesarlos con mayor hondura, con más ilusión y con más entrega. La Semana Santa comienza de verdad cuando dejamos de ser espectadores y nos atrevemos a pedir, con humilde confianza, que Dios camine a nuestro lado.
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