«UN BARCO NO NACIÓ PARA EL PUERTO»


Vivimos en una sociedad del bienestar que, paradójicamente, tiene miedo.
Miedo al error, al accidente, al fracaso.
Y poco a poco, por evitar todo riesgo, corremos el riesgo mayor: quedarnos paralizados.
Santo Tomás de Aquino lo explicó con una imagen muy sencilla.
Decía que la prudencia no consiste en eliminar todo peligro, sino en ordenar los medios al fin.
Porque si un navegante decidiera no zarpar nunca para no dañar su nave, entonces el barco perdería su sentido.
Un barco está hecho para el mar, no para el puerto.
Los accidentes existen.
Las heridas existen.
Pero una vida —personal, social o espiritual— que solo busca conservarse, acaba no viviendo.
Algo parecido nos recordó el Papa Francisco cuando dijo:
“Prefiero una Iglesia herida por salir a la calle, que enferma por encerrarse.”
Es una frase incómoda, pero profundamente realista.
La prudencia auténtica no es miedo disfrazado.
Es coraje con sentido, riesgo con propósito, paso adelante con responsabilidad.
Como el navegante que sabe que puede haber tormenta, pero aun así iza las velas.
Tal vez hoy la imagen de la semana sea esta:
un barco que deja el puerto.
No porque ignore el peligro,
sino porque ha entendido para qué fue construido.

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