En San Cristóbal de La Laguna hay un busto dedicado a Antonio Zerolo Herrera. Podría parecer una referencia distante: un poeta del siglo XIX, un nombre que suena a examen de literatura. Pero, si uno se detiene un momento, descubre que no habla de pasado sino de algo que sigue latiendo ahora mismo: la necesidad de sentido.
Zerolo escribió en un tiempo sin redes sociales, sin notificaciones, sin pantallas encendidas todo el día. Y, sin embargo, su inquietud era parecida a la nuestra. ¿Qué hago con mi vida? ¿Hacia dónde voy? ¿Qué permanece cuando todo cambia? No son preguntas antiguas. Son preguntas eternas.
A los veinte años uno quiere vivirlo todo. Quiere probar, arriesgar, equivocarse incluso. Y está bien. Pero también aparece esa sensación rara —a veces de madrugada, a veces en silencio— de que la vida no puede ser solo experiencia acumulada. Que tiene que haber algo más profundo que el simple “hacer cosas”.
La poesía de Zerolo miraba precisamente hacia ese “algo más”. No desde la superioridad, sino desde la búsqueda. Él intuía que el ser humano no está hecho solo para consumir el presente, sino para abrirlo. Como si cada instante fuera una puerta y no una pared.
Hoy hablamos mucho de autenticidad. De ser uno mismo. Pero ser uno mismo no es quedarse encerrado en el propio ombligo; es atreverse a mirar más lejos. Es descubrir que dentro de nosotros hay hambre de infinito. Y eso no es exageración romántica: es experiencia cotidiana cuando todo lo superficial se queda corto.
Un busto no cambia el mundo. No te va a resolver la carrera, ni el trabajo, ni las dudas afectivas. Pero puede recordarte algo importante: hubo alguien que también buscó, que también dudó, que también sintió la fragilidad del tiempo… y decidió responder escribiendo, es decir, apostando por la profundidad.
Quizá la verdadera pregunta no sea por qué hay un busto de un poeta en La Laguna, sino qué hacemos nosotros con nuestra propia historia. ¿Nos conformamos con sobrevivir al día a día o aspiramos a que nuestra vida tenga densidad? La trascendencia no es una palabra religiosa solamente; es la capacidad de no quedarnos en la superficie. Sigue teniendo sentido que su rostro permanezca ahí. No como recuerdo polvoriento, sino como invitación. A vivir con más conciencia. A buscar más verdad. A entender que la vida, cuando se abre a algo que la supera, deja de ser simple sucesión de momentos y se convierte en camino. Y eso, incluso a los veinte años, se nota.
A los cuarenta, la pregunta cambia de tono. Ya no es tanto “¿qué voy a hacer?” como “¿esto era?”. Hay responsabilidades, cansancio acumulado, decisiones tomadas que ya no se pueden editar. Y entonces la trascendencia deja de ser una palabra abstracta y se convierte en una necesidad silenciosa: que lo vivido no haya sido en vano, que el esfuerzo tenga un horizonte, que el amor entregado no se pierda en el desgaste.
Y a los sesenta, cuando el tiempo empieza a sentirse finito de verdad, la mirada se vuelve más limpia. Se simplifica. Lo accesorio cae. La pregunta ya no es por el éxito, sino por la verdad. ¿He vivido de cara a algo más grande que yo? ¿He sabido abrir mi historia a lo que la supera? Ahí el poeta vuelve a tener razón: la vida no se entiende del todo desde dentro de sí misma, sino cuando se orienta hacia una luz que la trasciende.
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