Cada día, a la salida del IES Canarias Cabrera Pinto, muchos alumnos cruzan la plaza con prisa. Conversaciones, móviles, planes para la tarde. Es normal. Pero justo allí, a pocos pasos, hay un busto que casi nadie mira. Pertenece a Alonso de Nava y Grimón. Y aunque pueda parecer solo una figura antigua más, su historia tiene mucho que ver con vosotros.
Nava y Grimón vivió hace más de dos siglos. Fue VI Marqués de Villanueva del Prado. Sí, suena lejano. Suena a libro de historia. Pero no fue famoso por guerras ni por escándalos. Fue conocido por algo más sencillo y más difícil: intentar mejorar la sociedad en la que vivía.
En su tiempo, Tenerife necesitaba avanzar. La agricultura debía modernizarse, la educación debía fortalecerse, las instituciones necesitaban estabilidad. Él participó activamente en la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife, que promovía estudios, mejoras técnicas y formación. No era un club elitista para hablar por hablar. Era un espacio para pensar cómo hacer que la isla progresara.
También tuvo responsabilidades en la Junta Suprema de Canarias, en un momento complicado, cuando España estaba en crisis. En tiempos difíciles, algunos se esconden. Otros dan un paso al frente. Él lo dio. Y eso dice mucho más que cualquier título nobiliario.
Queridos alumnos:
Quizá os preguntéis: ¿qué tiene que ver esto conmigo? Mucho. Porque ustedes están en una etapa decisiva. Estudian no solo para aprobar, sino para preparar el lugar en la sociedad. La pregunta que él se hizo en su tiempo es la misma que pueden hacerse ustedes hoy: ¿qué voy a aportar yo?
El bien común no es una palabra antigua. Significa pensar más allá de uno mismo. Significa que tu talento no es solo para tu beneficio, sino también para mejorar la vida de otros. Puede ser desde la ciencia, desde la educación, desde la empresa, desde el servicio público. Pero siempre con la idea de que vivimos en comunidad.
Alonso de Nava y Grimón creyó en la educación, en el conocimiento y en la responsabilidad. No tenía redes sociales, pero entendía algo esencial: que el prestigio verdadero no está en figurar, sino en servir. Y servir no es perder, es construir algo que permanece.
La próxima vez que salgáis del instituto y paséis por delante de ese busto en San Cristóbal de La Laguna, quizá merezca la pena levantar la vista un segundo. No para rendir homenaje al pasado, sino para recordar que cada generación necesita personas dispuestas a trabajar por todos. Tal vez, entre quienes cruzan hoy esa plaza con mochila al hombro, esté el próximo que decida hacerlo.
Y si alguien necesita una motivación más profunda, el Evangelio ofrece una sencilla: “al que mucho se le dio, mucho se le exigirá”. No como amenaza, sino como llamada. Cada capacidad, cada oportunidad, cada formación recibida es también una responsabilidad. Tal vez ese busto, silencioso frente al instituto, recuerde algo muy antiguo y siempre nuevo: que la verdadera grandeza no está en destacar sobre los demás, sino en poner lo que uno es y lo que uno sabe al servicio de todos.
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