«LAS LÁGRIMAS DE LA CIECIA »


Educar la mirada es aprender a detenerse. Vivimos atravesando imágenes sin verlas, acumulando estímulos sin dejarnos afectar. Pero hay instantes —como el del biólogo ante una flor rarísima en medio de la selva— que nos recuerdan que mirar no es consumir, sino contemplar. Mirar es conceder tiempo; es permitir que la realidad nos hable antes de que nosotros la clasifiquemos.

Dejarse sorprender es un acto de humildad. La sorpresa nace cuando aceptamos que el mundo es más grande que nuestras categorías. La curiosidad verdadera no es prisa por saber, sino paciencia por comprender. Tiene algo de espera vigilante: el investigador que camina durante días por la selva no busca un espectáculo, sino un encuentro. Y cuando este sucede, la emoción no contradice a la ciencia; la culmina. 

Porque la ciencia no enfría el asombro: lo afina. Cuanto más se conoce, más se percibe la complejidad, la delicadeza, la improbabilidad de lo que existe. Llorar ante una flor extraordinaria no es sentimentalismo; es reconocimiento. Reconocimiento de que la realidad es un don antes que un objeto. 

Educar la mirada es, en el fondo, educar el corazón. Es aprender que comprender y conmoverse no son caminos opuestos, sino convergentes. Y que solo quien conserva la paciencia de la curiosidad puede experimentar la alegría profunda del descubrimiento.

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