LA CIUDAD QUE SE CONFÍA A SUS SERVIDORES


La calle no es solo un lugar de tránsito. Es el espacio donde una ciudad se reconoce a sí misma y se pone a prueba. En ella se cruzan, como hemos venido analizando sábado a sábado, memorias, decisiones y responsabilidades compartidas. Por eso no es indiferente qué nombres permanecen en sus plazas: dicen algo de lo que una comunidad considera valioso, de aquello a lo que decide confiarse mientras la vida sigue pasando.

En el centro histórico de San Cristóbal de La Laguna, en la antigua Plaza de 18 de Julio —hoy Plaza Manuel Verdugo— se alza el busto de Manuel Verdugo Bartlett. Está ahí, a la altura de quien camina, integrado en la vida cotidiana. Como si la ciudad hubiera querido decir que algunas presencias no se imponen: acompañan.

Manuel Verdugo no fue un hombre de gestas ni de discursos brillantes. Su figura pertenece a otro registro más silencioso y, quizá por eso, más necesario. Jurista y funcionario, entendió el servicio público como una tarea que exige constancia, rectitud y sentido del bien común. Su nombre quedó unido no a un hecho espectacular, sino a una forma de estar en la ciudad.

La figura de Manuel Verdugo recuerda que no toda grandeza es visible ni todo mérito hace ruido. Hay vidas que no se explican por un acontecimiento concreto, sino por una fidelidad sostenida en el tiempo. En su caso, esa fidelidad se expresó en la atención a lo común, en la convicción de que la ciudad necesita ser pensada, administrada y cuidada cada día. No desde la improvisación ni desde el interés particular, sino desde una responsabilidad que acepta el peso de las decisiones porque sabe que afectan a la vida de otros.

Su importancia se comprende mejor si se lo sitúa dentro de una tradición cívica e ilustrada más amplia. En Canarias, esa manera de pensar la ciudad y lo público tuvo figuras fundacionales como José de Viera y Clavijo o Tomás de Nava y Grimón. Manuel Verdugo no fue coetáneo de ellos, pero sí heredero de ese impulso: el de traducir ideas y valores en administración, en normas, en vida cívica concreta. Fue, sobre todo, un hombre de relaciones: con las instituciones, con la legalidad, con el pulso diario de la ciudad. Su mérito no está tanto en lo que dejó escrito como en haber comprendido que gobernar y administrar son también tareas morales, porque afectan directamente a la convivencia, a la justicia y al cuidado de lo común.

Esa manera de entender el servicio público tiene algo de vocación silenciosa. Exige renunciar al protagonismo y aceptar que lo verdaderamente importante no siempre deja huella visible. Tal vez por eso el busto de Verdugo no impone su presencia, sino que se ofrece como un signo discreto. Está ahí para quien quiera detenerse, para quien sepa leer en la piedra no solo un rostro del pasado, sino una pregunta dirigida al presente: qué tipo de personas sostienen hoy la ciudad y desde qué motivaciones lo hacen. Que su busto se encuentre en una plaza que lleva su nombre no es solo un gesto de memoria. Es una afirmación profunda: La Laguna reconoce que su historia se ha sostenido gracias a personas que asumieron responsabilidades sin buscar protagonismo. Personas en las que la ciudad pudo confiar porque entendieron lo público como servicio y no como escaparate.

Detenerse un instante ante ese busto no invita a la nostalgia, sino a una pregunta que sigue vigente. ¿En manos de quién se sostiene hoy la ciudad? ¿Qué tipo de presencia necesita la vida pública para no vaciarse de sentido? En tiempos de ruido, prisa y exhibición, figuras como la de Manuel Verdugo recuerdan el valor de la discreción fiel y del compromiso perseverante. Las ciudades no se mantienen solo por sus edificios ni por sus normas, sino por las personas que las habitan con responsabilidad. Ayer como hoy, la ciudad se confía a quienes saben estar en la calle sin apropiársela, cuidándola. Quizá por eso este busto permanece: como signo silencioso de que servir a la ciudad es, en el fondo, una forma alta de responder a la llamada de lo común.

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