El obispo Erik Varden, pastor de la diócesis de Trondheim, ha sido el encargado de predicar los Ejercicios Espirituales de 2026 para el Papa León XIV, los cardenales residentes en Roma y los jefes de Dicasterios de la Curia Romana, celebrados del domingo 22 al viernes 27 de febrero.
En una de sus meditaciones cuaresmales abordó con notable profundidad una tentación siempre actual: la ambición. La describió como una forma de capitulación ante la falsedad, una rendición silenciosa del corazón ante el espejismo del reconocimiento.
No se refería al legítimo deseo de crecer, mejorar o asumir responsabilidades. La tradición cristiana nunca ha condenado la aspiración a la excelencia. Lo que señalaba era algo más sutil: esa búsqueda desordenada de poder, influencia o prestigio que termina desplazando la verdad interior. La ambición, cuando se desorienta, deja de ser impulso y se convierte en usurpación.
Varden la presenta como una codicia sublimada, un deseo de apropiación que se reviste de argumentos nobles. Su peligro radica en que no se muestra grosera ni evidente. Se disfraza de celo apostólico, de eficacia organizativa, incluso de aparente entrega. Pero en el fondo introduce una lógica competitiva allí donde debería reinar la gratuidad.
Retomando imágenes de la tradición espiritual, la ambición puede describirse como un mal silencioso, un virus que opera en secreto. Engendra hipocresía, alimenta envidias, suscita rivalidades y enfría la caridad. Donde antes había sencillez, instala cálculo; donde había misión compartida, introduce comparación constante.
Más aún, posee una inquietante capacidad de corrupción interior. Oxida las virtudes, desfigura las mejores intenciones y transforma los remedios en enfermedades. Incluso el liderazgo —necesario y valioso— puede degradarse cuando deja de entenderse como servicio y se convierte en escenario. La ambición no destruye necesariamente las obras; altera su sentido.
En su raíz, afirma el obispo noruego, hay una forma de alienación de la mente: el olvido de la verdad. Cuando el valor personal se mide por la visibilidad o la influencia, el corazón ya ha comenzado a descentrarse. Se confunde reconocimiento con dignidad, éxito con fecundidad, protagonismo con relevancia moral.
La literatura y el cine han retratado con ironía esta figura del servidor ambicioso, que resulta casi caricaturesca. Y, sin embargo, la sonrisa que provoca es amarga, porque revela una contradicción profunda: quien ha sido llamado a servir termina buscándose a sí mismo. Allí donde la autoridad debería ser transparencia, aparece opacidad.
La propuesta, sin embargo, no es el desaliento, sino la purificación del deseo. Vencer la ambición no significa renunciar a la responsabilidad, sino ordenar la intención. Preguntarnos con honestidad qué buscamos realmente. La Cuaresma es tiempo propicio para ese examen sereno: recuperar la alegría de lo escondido, redescubrir la grandeza del servicio discreto y aprender a alegrarnos por el bien ajeno. Solo así la autoridad se convierte en auténtico servicio y la vida, liberada de la necesidad de sobresalir, recobra su verdad más honda.

Comentarios
Publicar un comentario