Esta semana nos acompaña una capilla sencilla, de madera, abierta. Dentro, una imagen de Cristo. Delante, unas flores. Y algo más importante todavía: no está fija, no está anclada a un lugar. Es una capilla que camina, que sale, que entra en las casas.
Durante siglos, la Iglesia se ha expresado también así: en gestos humildes que acercan lo sagrado a la vida cotidiana. Una capilla que visita hogares recuerda que la fe no nace para quedarse encerrada, sino para ponerse en camino. Que Dios no espera solo en los templos, sino que se deja encontrar en los salones, en las cocinas, en la intimidad de cada historia concreta.
Cuando esta pequeña capilla sale a la calle, no hace ruido. No impone. Simplemente pasa. Y en ese pasar, recuerda algo esencial: que la fe cristiana no es posesión privada ni refugio, sino presencia compartida. Una presencia que entra con respeto, que se ofrece, que acompaña.
La imagen de Cristo con los brazos abiertos no explica nada, pero lo dice todo. Sale al encuentro. No pregunta primero, no exige condiciones. Se hace cercano. Y quizá por eso esta capilla es un buen símbolo de la Iglesia: una Iglesia que no se protege detrás de muros, sino que se atreve a cruzar puertas.
Tal vez hoy, más que grandes discursos, necesitamos gestos así: sencillos, móviles, humanos. Una fe que camina. Una Iglesia que sale a la calle. Y que, al hacerlo, recuerda que lo verdaderamente sagrado suele acontecer en lo cotidiano.
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