La Virgen de Candelaria avanza con el mar a su espalda y el pueblo a sus pies. No es solo una procesión: es una isla mirándose a sí misma. Tenerife, hecha de orillas y de travesías, reconoce en esa imagen algo de su propia alma: una fe que no huye del mundo, sino que lo abraza desde el horizonte.
El Atlántico, abierto y profundo, recuerda todo lo que hemos sido: llegada, partida, espera. Frente a él, una Madre que no promete seguridades fáciles, pero ofrece una presencia que sostiene. En tiempos de incertidumbre, creer no es cerrar los ojos, sino aprender a mirar más lejos.
Quizá por eso esta imagen conmueve. Porque dice, sin palabras, que la identidad no se defiende con miedo, sino con confianza. Y que incluso en medio del oleaje, una isla puede seguir caminando cuando sabe hacia quién orienta su esperanza.

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