La enfermedad no es una excepción en la vida humana. Es parte de ella. Sin embargo, seguimos tratándola como si fuera un fallo, un paréntesis incómodo que conviene ocultar o resolver cuanto antes. Cuando aparece, descoloca rutinas, cuestiona seguridades y deja al descubierto una verdad que preferimos no mirar: somos frágiles y dependientes.
La Jornada del Enfermo nos coloca frente a esa realidad sin rodeos. Nos recuerda que el sufrimiento no es solo un problema médico, sino una experiencia humana que afecta a personas concretas, con nombre, historia y vínculos. Afecta también a quienes cuidan, acompañan y reorganizan su vida en torno a la enfermedad de otro. Esa parte suele quedar fuera del foco, pero es decisiva.
El lema de este año habla de compasión entendida como carga compartida. No como emoción pasajera, sino como implicación real. Acompañar a quien sufre no consiste en decir lo adecuado ni en ofrecer soluciones rápidas, sino en asumir que el dolor del otro interpela y compromete. Que no se puede mirar desde lejos sin empobrecerse moralmente.
En Canarias esta experiencia es cotidiana. Está en los hogares donde se cuida a personas mayores, en familias que conviven con la enfermedad crónica, en profesionales sanitarios que sostienen el sistema con esfuerzo y vocación, a menudo en condiciones difíciles. Es una realidad conocida, no idealizada, hecha de cansancio, paciencia y responsabilidad.
La enfermedad también pone a prueba a la sociedad. Obliga a preguntarse por las prioridades reales: qué recursos se destinan, qué tiempos se conceden, qué atención reciben los más vulnerables. Hablar de cuidado no es solo una cuestión privada o familiar; es una cuestión pública, ética y política en el sentido más profundo del término.
No todo se puede curar, pero todo puede acompañarse mejor. Y eso exige algo más que buenas palabras: exige presencia, escucha, organización y compromiso. Exige una cultura que no descarte al que sufre ni lo reduzca a un número o a un diagnóstico.
La Jornada del Enfermo no pide gestos grandilocuentes. Pide algo más exigente: tomarse en serio la fragilidad humana. Reconocer que el dolor ajeno no es un asunto de otros. Y asumir que una sociedad se mide, en buena parte, por cómo está cuando más falta hace estar.
La compasión de la que se habla no es abstracta. Tiene rostro. Es la hija que reorganiza su jornada laboral para acompañar a su padre dependiente. Es el cónyuge que aprende a cuidar sin manual y sin horarios. Es la vecina que pasa cada tarde a comprobar si todo está bien. Es el profesional sanitario que, aun desbordado, decide no tratar al paciente como un trámite más. Ahí se juega lo esencial.
También se concreta en decisiones pequeñas, pero exigentes: sentarse a escuchar sin prisas, respetar los silencios del enfermo, no infantilizar, no desaparecer cuando la situación se alarga. Acompañar no siempre consuela, pero sostiene. Y sostener, cuando el dolor se cronifica, es una forma alta de responsabilidad humana.
Quizá por eso la Jornada del Enfermo no debería quedarse en un gesto puntual. Es una llamada a revisar cómo vivimos el cuidado en casa, en los hospitales, en las residencias y en la vida pública. Porque el dolor no se resuelve solo con técnica ni con discursos. Se afronta, sobre todo, con personas dispuestas a estar. Y esa disposición —callada, constante, concreta— sigue siendo una de las medidas más claras de nuestra humanidad.
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