Este artículo de Opinión que, como cada lunes, te ofrezco no trae cifras. Tampoco adelanta conclusiones. Hoy, a las 11:00 h, en Gran Canaria, se presentará el Informe autonómico FOESSA sobre la exclusión en Canarias. Entonces llegarán los números. Pero antes de que lleguen conviene algo más importante: la disposición a escuchar.
Vivimos rodeados de estadísticas. Nos informan, nos impactan unos segundos y, casi sin darnos cuenta, pasan a formar parte del ruido de fondo. Hemos aprendido a convivir con porcentajes como quien convive con el parte meteorológico. Suben, bajan, cambian. Y nosotros seguimos. Sin embargo, hay datos que no deberían deslizarse sin dejar huella. No porque sean más espectaculares, sino porque hablan de lo esencial: de la vida concreta de personas que atraviesan dificultades reales. De hogares donde la incertidumbre no es un concepto teórico, sino una experiencia cotidiana.
Un informe social no es una acumulación de cifras. Es una llamada a la conciencia. Cada número encierra una historia que no vemos. Cada gráfico resume situaciones que no siempre tienen voz pública. Detrás de la palabra “exclusión” hay trayectorias interrumpidas, expectativas heridas, esfuerzos que no siempre encuentran respuesta. No se trata de generar alarma ni de buscar titulares rápidos. Tampoco de utilizar los datos como herramienta de confrontación. Se trata, sencillamente, de atender. De permitir que la realidad se muestre tal como es, sin filtros interesados ni prisas interpretativas.
Canarias es mucho más que sus indicadores económicos o sus postales turísticas conocidas. Es también fragilidad compartida. Es la tensión entre oportunidades y límites. Y un informe como el que se presenta este lunes nos invita a mirar esa complejidad sin simplificaciones. Leer con atención es un acto de responsabilidad. Escuchar lo que los datos dicen —y, a veces, lo que casi gritan— es reconocer que no hablamos de abstracciones. Hablamos de personas. De vecinos. De familias. De jóvenes y mayores que forman parte del mismo tejido social.
Por eso, antes incluso de conocer una sola cifra, la invitación es clara: detenerse, leer, escuchar. No adelantarse. No trivializar. Permitir que los datos cumplan su función de iluminar zonas que a veces preferimos no ver. Porque cuando aprendemos a escuchar la realidad, damos el primer paso para no permanecer indiferentes ante el dolor que, silenciosamente, nos rodea.
Hay una escena del Evangelio que puede iluminar este momento. Jesús, antes de obrar, mira. Mira al joven rico, mira a la multitud hambrienta, mira a la viuda que deposita unas monedas. Y el texto repite un verbo decisivo: “al verlo”. La acción comienza en la mirada que no esquiva. En otra página conocida, el buen samaritano no pasa de largo. Ve al herido, se acerca y se detiene. La diferencia no está en el conocimiento de la ley, sino en la capacidad de dejarse afectar. También hoy, los datos pueden convertirse en camino si no los leemos desde la distancia fría, sino desde la cercanía responsable.
Quizá de eso se trate este lunes: de no pasar de largo. De permitir que la información no sea solo información, sino llamada. Porque cuando los números dejan de ser anónimos y recuperan rostro, algo empieza a cambiar en nosotros. Y toda transformación social, antes que estadística, es moral: comienza cuando alguien decide mirar y no apartar los ojos.
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