Hay lemas que pasan como una comparsa y otros que se quedan resonando como un tambor en el pecho. «Es más bello vivir bailando» pertenece a esta segunda categoría. En una ciudad como Santa Cruz de Tenerife, donde la vida ha aprendido históricamente a defenderse con música, no es una frase ligera: es casi una declaración sobre lo que significa estar vivos. Aquí se ha bailado para celebrar, sí, pero también para resistir, para no hundirse, para decirle a la adversidad que no tiene la última palabra.
Leído en su luz más generosa, el lema afirma algo profundamente verdadero: el ser humano no vive solo de trabajo, de utilidad o de supervivencia. Vive también de gesto, de ritmo, de encuentro. Bailar es una forma elemental de trascender lo inmediato, de sacar el cuerpo del encierro del miedo y ponerlo en diálogo con los otros. Durante el Carnaval, miles de personas distintas —edades, historias, heridas— encuentran por unas horas una gramática común. Y en un mundo cada vez más fragmentado, eso tiene algo de signo espiritual.
Pero también hay una sombra que conviene no ignorar. Porque vivir bailando puede convertirse, si no se cuida, en una coartada para no mirar lo que duele. Cuando la fiesta se usa para anestesiar, cuando el ruido sustituye a la palabra, el lema corre el riesgo de volverse hueco. La belleza no puede ser solo evasión: o es profunda o termina siendo un decorado que oculta la fragilidad.
El Carnaval de Santa Cruz siempre ha tenido algo de rito. No en el sentido religioso estricto, sino en el sentido antropológico: un tiempo otro, donde lo ordinario se suspende y lo humano se muestra con más verdad. Nos disfrazamos para decir lo que no nos atrevemos, cantamos para llorar sin vergüenza, bailamos para recordar que el cuerpo también sabe rezar a su manera. En esa mezcla de exceso y comunión hay una nostalgia de algo más grande que nosotros.
Por eso el baile no es solo diversión. Es, a su modo, una búsqueda de sentido. El cuerpo que se mueve al ritmo de la música está diciendo que no quiere reducirse a producir y consumir. Quiere celebrar que existe. Quiere tocar, aunque sea por un instante, una forma de plenitud. Y eso —aunque no siempre sepamos nombrarlo— es ya una experiencia de trascendencia.
El peligro está en confundir esa apertura con simple olvido. Santa Cruz no necesita perder conciencia para ser feliz. Necesita una alegría que integre la herida y la esperanza. Una fiesta que no niegue la vida, sino que la abrace con todas sus luces y sombras. Solo así el baile se convierte en algo más que entretenimiento: en una afirmación de dignidad.
Así que sí: es más bello vivir bailando. Pero no porque el baile nos saque del mundo, sino porque nos permite mirarlo desde más alto. Que estos días la ciudad se mueva, cante y se disfrace. Y que, cuando se apague la música, quede en nosotros algo de ese ritmo que nos recuerda que la vida, incluso cuando duele, sigue mereciendo ser celebrada.
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