Este año el calendario hace una de esas coincidencias que no son inocentes. El 14 de febrero, día de los Enamorados, llega apenas unos días antes del Miércoles de Ceniza, que abre la Cuaresma. Entre uno y otro, este lunes en el que estamos, hay un contraste evidente: flores, promesas y celebraciones frente a silencio, sobriedad y una palabra incómoda: conversión. Y, sin embargo, quizá no estén tan lejos como parece.
El amor, cuando es verdadero, no se sostiene solo en gestos brillantes ni en fechas marcadas. Necesita tiempo, renuncias, capacidad de recomenzar. Exige aprender a perder algo para ganar profundidad. En ese sentido, el amor tiene más que ver con la ceniza de lo que solemos admitir. Porque amar de verdad implica aceptar límites, fragilidades y la certeza de que no todo es inmediato ni perfecto. La ceniza, por su parte, no habla de derrota, sino de verdad. Recuerda que no somos autosuficientes, que el tiempo pasa, que la vida no se improvisa. Frente a una cultura que exalta lo rápido y lo desechable —también en las relaciones—, la ceniza introduce una pausa necesaria. No para apagar el amor, sino para purificarlo de lo superficial.
Quizá por eso conviene leer estas fechas juntas. El amor que solo vive de celebraciones acaba agotándose. Y la austeridad que no sabe para qué se vive se vuelve estéril. El 14 de febrero puede recordar que la vida merece ser celebrada; el Miércoles de Ceniza, que merece ser tomada en serio. Entre ambos se dibuja una pregunta decisiva: qué tipo de amor estamos dispuestos a construir.
En tiempos de vínculos frágiles, de compromisos reversibles y de relaciones sometidas al rendimiento emocional, esta coincidencia del calendario resulta casi provocadora. Amar no es solo sentir; es sostener. No es solo comenzar; es permanecer. Y eso tiene algo de disciplina, de aprendizaje, incluso de renuncia. No todo amor sobrevive sin atravesar su propia cuaresma. Tal vez este año convendría menos prisa por regalar flores y más atención a lo que de verdad mantiene vivo un vínculo: la paciencia, el cuidado cotidiano, la capacidad de pedir perdón y de volver a empezar. No son gestos vistosos, pero son los únicos que resisten el paso del tiempo.
Entre flores y ceniza, el calendario nos recuerda algo elemental: el amor que vale la pena no huye de la verdad ni del desgaste. Los asume. Y precisamente por eso, cuando llega la Pascua —en la vida y en las relaciones—, no es un simple entusiasmo pasajero, sino una alegría con raíces. Tal vez el verdadero desafío esté en reconciliar lo que solemos separar: la celebración y la sobriedad, el entusiasmo y la responsabilidad, el deseo y la perseverancia. El amor no se debilita por aceptar límites; se fortalece cuando aprende a atravesarlos. Y la ceniza no niega la vida, sino que la devuelve a su justa medida, liberándola de la tiranía de lo inmediato y de lo aparente.
No es mala lección para estos días: amar con los pies en la tierra y el corazón despierto. Saber festejar sin olvidar lo esencial. Saber detenerse sin renunciar a la esperanza. Entre el 14 de febrero y el Miércoles de Ceniza, el calendario no enfrenta dos mundos opuestos, sino que sugiere un camino más exigente y más real: el de un amor que, precisamente porque acepta la verdad, puede durar.

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