Donde la niebla aprende a decirnos quiénes somos


En una ciudad como San Cristóbal de La Laguna, el tiempo no camina: se posa. Se posa sobre los tejados, sobre las piedras húmedas, sobre las palabras que aún flotan en el aire. Hay lugares que envejecen; La Laguna, en cambio, se demora. Y quizá por eso necesita figuras como José Tabares Bartlett: hombres capaces de entender que una ciudad no se posee, se escucha. 

El busto que lo recuerda no está ahí para imponer una memoria, sino para sugerir una presencia. Parece uno más de esos vecinos que llevan un siglo sentados en la plaza, viendo pasar generaciones sin perder la calma. No nos mira desde arriba; nos acompaña. Y eso es profundamente lagunero: aquí las cosas importantes no se exhiben, se insinúan. 

Tabares no fue un poeta de fuegos artificiales. Fue un poeta de luz baja, de esa claridad suave que no deslumbra pero permite ver mejor. Sus versos respiran el mismo aire que estas calles: un aire mezclado de humedad, recogimiento y cierta noble tristeza. No cantó la isla como postal, sino como hogar interior. La Laguna fue para él menos un paisaje que una forma de conciencia. 

Quizá por eso su obra envejece bien. No depende de modas ni de estridencias. Está hecha de la misma materia que la ciudad: paciencia, discreción, hondura. En un mundo que corre, La Laguna siempre ha preferido pensar despacio. Y Tabares fue uno de los que le enseñaron que esa lentitud no es atraso, sino una manera distinta de habitar el tiempo. 

También en su vida pública hubo algo profundamente poético. Gobernó, gestionó, representó… pero lo hizo desde una idea casi hoy desaparecida: que la ciudad no es una máquina, sino una comunidad moral. No basta con que funcione; tiene que tener alma. Y eso es exactamente lo que distingue a La Laguna de tantos otros lugares: no solo se vive en ella, se pertenece a ella. 

Hay ciudades que fabrican identidad a base de eslóganes. La Laguna la ha construido con gestos pequeños: una universidad, una conversación, una biblioteca, una plaza silenciosa. Tabares forma parte de esa arquitectura invisible. No levantó edificios, pero sostuvo algo más frágil y más duradero: una manera de estar juntos sin necesidad de gritar. 

Por eso su busto no conmemora solo a un poeta. Conmemora una forma de ser ciudad. Nos recuerda que todavía es posible vivir sin convertirlo todo en espectáculo, que todavía podemos reconocernos en la palabra, en la memoria y en la dignidad tranquila. Y mientras la niebla siga bajando cada tarde por estas calles, La Laguna seguirá teniendo algo de él, como si su voz —suave, contenida, fiel— aún estuviera diciendo quiénes somos.

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