Los mártires de Nigeria vuelven a mirarnos desde el silencio de una masacre que apenas ocupa titulares, pero que clama al cielo. Son hombres, mujeres y niños asesinados por el simple hecho de existir, de creer, de pertenecer a una comunidad vulnerable. Rostros sin nombre para el mundo, pero no para la conciencia.
Esta imagen nos incomoda porque rompe nuestra rutina segura. Porque nos recuerda que hay lugares donde la vida humana vale menos que una ideología, que una etnia, que un fanatismo armado. Y también porque nos revela una verdad incómoda: el sufrimiento lejano no siempre logra conmovernos lo suficiente.
Pero detenernos ante esta imagen no es solo un ejercicio de dolor. Es, sobre todo, una llamada. Una llamada a no normalizar la barbarie, a no aceptar la violencia como paisaje habitual. Una llamada a la responsabilidad social, política y humana. A exigir que la comunidad internacional no mire hacia otro lado. A sostener, desde donde estamos, a quienes trabajan por la paz, la justicia y la reconciliación.
Y es también una llamada a la esperanza. Porque incluso allí donde reina la muerte, hay testigos de dignidad, de fe, de humanidad resistente. Los mártires de Nigeria no son solo víctimas: son denuncia viva y semilla de futuro. Que su memoria nos despierte, nos humanice y nos comprometa.

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