El texto Inteligencia artificial. Reflexiones desde la filosofía y la ética, de Diego Gracia, analiza críticamente el concepto contemporáneo de inteligencia artificial a la luz de la tradición filosófica occidental y de los debates éticos actuales. El autor parte del auge reciente de la IA, que ha generado tanto fascinación como preocupación social e institucional, especialmente en relación con su regulación y sus posibles consecuencias para la humanidad.
Gracia reconstruye el significado histórico de la inteligencia, comenzando por la filosofía griega. En Aristóteles, la inteligencia (noûs) define al ser humano como animal dotado de lógos, es decir, de razón y palabra, capaz de abstraer las formas universales de la materia y captar la esencia de las cosas. Esta concepción clásica entiende la inteligencia como una facultad cualitativamente distinta de los procesos meramente biológicos o mecánicos. Con el desarrollo de la psicología experimental y la informática, sin embargo, el concepto se redefine de forma operativa como capacidad de procesar información, lo que permite atribuir inteligencia tanto a animales como a máquinas.
El autor examina cómo esta ampliación del término ha generado ambigüedad conceptual. Aunque los sistemas de inteligencia artificial actuales procesan información y aprenden, Gracia sostiene que estas capacidades no equivalen a la inteligencia humana en sentido fuerte. Apoyándose en autores como Xavier Zubiri y Michael Tomasello, defiende que lo específicamente humano radica en la aprehensión de las cosas como realidades —no como simples estímulos— y en la capacidad de cognición social e intencionalidad compartida, expresada en el paso del “yo” al “nosotros”.
En cuanto al origen de la inteligencia humana, el texto contrasta tres hipótesis: animismo, reduccionismo y emergentismo. Gracia se inclina por esta última, según la cual la conciencia y la inteligencia humanas son propiedades emergentes surgidas de la complejidad estructural del cerebro. Finalmente, considera la posibilidad de que un salto emergentista semejante ocurra en la IA, sin descartarlo por completo, aunque subraya que, por ahora, las máquinas carecen de conciencia y responsabilidad moral. En consecuencia, el autor concluye que el término “inteligencia artificial” debe emplearse con cautela y rigor filosófico.

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