«LA SOBREPROTECCIÓN: CUANDO EL AMOR NO DEJA CRECER»


Hay formas de cuidado que, sin quererlo, asfixian. No nacen de la indiferencia ni del abandono, sino de un amor inquieto, temeroso, incapaz de tolerar el riesgo que toda vida conlleva. La sobreprotección suele presentarse como virtud —“yo hago todo por mis hijos”—, pero en el fondo puede esconder una grave carencia educativa: la dificultad de confiar en el proceso de crecimiento del otro. Educar no es blindar la existencia, sino preparar para habitarla. 

Desde el punto de vista pedagógico, el desarrollo humano necesita ensayo, error y espera. El niño aprende cayéndose, frustrándose, afrontando pequeños conflictos adecuados a su edad. Cuando el adulto interviene de manera constante, anticipándolo todo, resolviéndolo todo, el menor no se fortalece: se debilita. Se le priva de la experiencia de descubrir que puede, que es capaz, que no todo depende de otro. Así, lo que parecía protección termina convirtiéndose en una forma silenciosa de daño. 

Pero el problema es aún más profundo cuando se mira desde una clave espiritual. El amor verdadero no retiene, envía. No controla, confía. Dios no sobreprotege al ser humano: lo crea libre, vulnerable, capaz de equivocarse, y lo acompaña sin anularlo. La pedagogía divina no consiste en evitar toda caída, sino en sostener el camino, incluso cuando este pasa por el error y el sufrimiento. Un amor que no deja elegir no es amor, es posesión. 

En este sentido, la sobreprotección puede llegar a ser una forma de maltrato infantil: no porque hiera el cuerpo, sino porque impide el crecimiento interior. Educar es un acto de fe: fe en el niño, en sus posibilidades, en su proceso, y también en que la vida —con sus riesgos— es el lugar donde la persona se construye. Amar bien es atreverse a soltar a tiempo, acompañar sin invadir y aceptar que crecer siempre implica riesgo. Solo así el cuidado se convierte en auténtica educación y el amor, en verdadera liberación. 

Las plantas cultivadas en invernadero crecen protegidas del viento, del frío y de la intemperie. Todo está regulado: la temperatura, la humedad, la luz. Durante un tiempo parecen más hermosas, más verdes, incluso más rápidas en su crecimiento. Pero cuando se las saca al exterior, muchas no resisten. Sus tallos son frágiles, sus raíces poco profundas, su capacidad de adaptación mínima. No se han fortalecido porque nunca han tenido que hacerlo. 

Algo parecido ocurre con los niños sobreprotegidos. Cuando se les evita sistemáticamente el esfuerzo, la frustración o el conflicto, pueden parecer tranquilos y “bien cuidados”, pero carecen de defensas interiores. La vida, tarde o temprano, los expone al frío y al viento, y entonces descubrimos que no todo cuidado educa, ni todo amor fortalece. 

Rainer Maria Rilke escribió que «vivir las preguntas es la única manera de llegar algún día a las respuestas». Educar consiste precisamente en eso: permitir que los hijos vivan sus propias preguntas, incluso cuando nos inquietan, incluso cuando no podemos controlar el resultado. La sobreprotección, en cambio, les roba las preguntas antes de tiempo, les ofrece respuestas prestadas y caminos ya trazados. Pero nadie madura sin atravesar la incertidumbre. Solo quien ha caminado a la intemperie, acompañado pero no sustituido, aprende a sostenerse por dentro y a confiar en la vida que se le ha dado.

Comentarios