Junto a la iglesia de las Mercedes, fuera, expuesto al sol y al olvido amable de la costumbre, el busto de Teobaldo Power parece escuchar todavía. No mira al frente con gesto heroico; inclina levemente el rostro, como quien afina el oído. Tal vez porque su mayor legado no fue imponer una voz, sino aprender a escuchar una tierra.
Power murió joven, en 1884, cuando aún podía haber escrito mucho más. Pero hay vidas que no se miden por la cantidad de obras, sino por la profundidad de una sola intuición. La suya fue esta: que Canarias ya cantaba, aunque no se reconociera como música digna. Él no inventó un sonido nuevo; hizo algo más difícil y más honesto: prestó atención.
En los Cantos Canarios no hay folclore decorativo ni nostalgia fácil. Hay método, estudio, respeto. Power entendió que lo popular no es lo vulgar, sino lo transmitido; que una melodía que pasa de boca en boca contiene más historia que muchos discursos. Y entre esas melodías había una especialmente humilde: el arrorró, la canción con la que una madre calma el miedo de un hijo antes de dormir.
Que esa nana sea hoy la base musical del Himno de Canarias no es una anécdota: es una declaración de identidad. Canarias no se reconoce a sí misma en una marcha militar ni en una épica de conquista, sino en una música que cuida, que acompaña, que no grita. Y eso se lo debe, en buena medida, a Teobaldo Power.
El himno se oficializó en 1984, mucho después de su muerte. Power no lo supo, ni pudo imaginarlo. Pero quizá lo intuía: que lo más íntimo de un pueblo puede sostener lo más público de su representación. Que una tierra se afirma no solo cuando proclama, sino cuando arrulla.
Por eso resulta tan elocuente que su busto esté fuera. No preside, no se impone, no reclama. Está donde pasan los días. Como su música. Como su legado. Power no pidió monumentos; dejó una melodía que todavía nos envuelve sin que reparemos en ello.
Tal vez la pregunta no sea qué le debe Canarias a Teobaldo Power. La pregunta incómoda es otra: si seguimos sabiendo escuchar como él escuchó. Si todavía creemos que la cultura es atención, cuidado, trabajo silencioso. Si entendemos que una nana puede ser un himno, pero solo si alguien es capaz de reconocer su valor.
El busto permanece. La música sigue sonando. Falta saber si nosotros estamos despiertos para oírla.

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