Parece que Hakuna inquieta. No porque rompa la convivencia ni porque dinamite el tejido social, sino porque recuerda algo profundamente incómodo para nuestro tiempo: que el ser humano necesita orar, que busca a Dios, y que amar no es una construcción cultural, sino una respuesta inscrita en su propia naturaleza.
Lo verdaderamente subversivo de Hakuna no es lo que dice -porque no proclama consignas-, sino lo que hace posible. Jóvenes que descubren el valor del silencio en una cultura saturada de ruido; jóvenes que se arrodillan no por alienación, sino por libertad; jóvenes que intuyen que la vida no se agota en el rendimiento ni en la autoafirmación permanente. Todo eso resulta sospechoso. Porque una persona que ora es una persona que no se deja poseer del todo.
Se les observa con lupa, buscando una ideología donde solo hay experiencia. Pero Hakuna no propone un sistema de pensamiento cerrado ni una lectura alternativa del mundo en clave de confrontación. Propone algo mucho más desarmante: el encuentro con Dios en la belleza. Música que eleva, liturgia cuidada, palabras sencillas que no infantilizan la fe. Y eso, paradójicamente, desconcierta más que cualquier discurso radical, porque la belleza no se discute: se reconoce o se rechaza.
Quizá lo verdaderamente inadmisible sea que haya jóvenes que descubren que amar responde a lo más hondo de lo humano. Que el amor no es solo emoción ni estrategia, sino don. Que la entrega no empobrece, sino que ensancha la vida. En un contexto que sospecha de todo compromiso duradero, que reduce la libertad a elección constante, encontrar a alguien que se vincula con alegría parece, cuando menos, peligroso.
Y sin embargo, no habrá batallas. Porque Hakuna no entiende la fe como trinchera. No responde al ataque con estridencia ni al prejuicio con insulto. Sabe -quizá por intuición evangélica- el valor de poner la otra mejilla. No por debilidad, sino por fortaleza interior. No por ingenuidad, sino por confianza. La fe que no necesita imponerse es la que más profundamente transforma.
Tal vez por eso molesta. Porque no grita, no compite, no polariza. Simplemente vive. Y en un mundo acostumbrado al conflicto permanente, que alguien recuerde que Dios se deja encontrar en el silencio, que la belleza conduce a la verdad y que amar es lo más humano que existe, resulta, sin duda, profundamente provocador.
Y quizá la mejor respuesta a tanta sospecha no sea un argumento más, sino una invitación. Hakuna no convoca a la polémica, sino al encuentro. Por eso, quien quiera comprender de qué estamos hablando puede hacerlo de la manera más sencilla: acercándose a la Catedral, cualquier miércoles a las 20:15h., para compartir un rato de adoración al Santísimo. Sin consignas, sin discursos, sin banderas. Solo silencio, belleza y una Presencia que no se impone, pero espera. Tal vez ahí se entienda por qué no hay batalla posible cuando se aprende, sencillamente, a poner la otra mejilla.

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