«G. MARTÍN TEIXÉ: LA UNIVERSIDAD QUE NO HACE RUIDO»


Hay profesores que pasan por la universidad dejando apenas rastro administrativo; otros, en cambio, sin hacer ruido, dejan una manera de entender la enseñanza. Gilberto Martín Teixé perteneció a estos últimos. No fue una figura mediática ni buscó el brillo académico, pero pensó la educación con hondura, la ejerció con coherencia y la vivió como una forma de servicio. Tal vez por eso merece hoy ser recordado, no tanto por lo que publicó, sino por lo que representó. 

Doctor por la Universidad de La Laguna, su investigación se centró en una pregunta decisiva: qué entiende realmente el alumnado por cultura. No es una cuestión menor. En una época en la que el término se usa de forma inflacionaria y superficial, Martín Teixé quiso escuchar antes de definir. Su tesis doctoral no partía de teorías cerradas, sino de la experiencia concreta de los futuros maestros, convencido de que enseñar comienza siempre por comprender cómo el otro mira el mundo. 

Esa misma convicción atraviesa el manual de Didáctica de las Ciencias Sociales que escribió junto a otros autores. No era un libro pensado para exhibir erudición, sino para acompañar procesos formativos. En sus páginas se percibe una idea clara: las ciencias sociales no están al servicio de consignas, sino de la formación del juicio, del sentido crítico y de la responsabilidad cívica. Enseñar historia, geografía o sociedad no consiste en acumular datos, sino en ayudar a situarse humanamente en la realidad. 

Su docencia universitaria —discreta, constante, poco dada a la autopromoción— se desarrolló en la Facultad de Educación de la Universidad de La Laguna, donde formó a generaciones de futuros docentes. Allí ejerció también tareas de gestión académica, no como escalón de carrera, sino como parte natural del compromiso institucional. En tiempos de currículos hipertrofiados, su figura recuerda que la universidad se sostiene también gracias a quienes asumen responsabilidades sin convertirlas en mérito exhibible. 

Pero hay una dimensión decisiva para comprender su pensamiento: fue también sacerdote y profesor de Filosofía e Historia de las Religiones en el ISTIC. Lejos de compartimentar saberes, entendió siempre la cultura, la educación y la religión como ámbitos comunicantes. Para él, la fe no anulaba la razón, ni la razón vaciaba la fe; ambas se reclamaban mutuamente en la búsqueda del sentido. Esa mirada amplia se filtraba también en su modo de enseñar las ciencias sociales. 

De ahí su interés por la religión como hecho cultural, histórico y simbólico, no como simple residuo del pasado ni como ideología. Comprender las sociedades exigía, a su juicio, tomarse en serio las preguntas últimas que las han habitado. Tal vez por eso su pensamiento rehuyó tanto el positivismo estrecho como el moralismo fácil. Prefería la reflexión pausada, el respeto a la complejidad y la confianza en la inteligencia del alumno. 

En nuestra cultura de la prisa, los indicadores y la ansiedad por el impacto, figuras como la suya recuerdan otra manera de estar en la universidad: la de quien investiga para comprender, escribe para ayudar a enseñar y cree que la docencia es una forma alta de responsabilidad moral. No todos los profesores dejan escuela; algunos, sin embargo, dejan algo más difícil de medir: una actitud ante el saber. 

Recordar hoy a Gilberto Martín Teixé no es un ejercicio de nostalgia, sino un acto de justicia intelectual. Representa una universidad que pensaba antes de medir, una didáctica con raíces filosóficas y una fe capaz de dialogar sin miedo con la cultura. Tal vez no hizo ruido. Pero en tiempos de estridencia, también eso es una forma de magisterio.

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