Hay ciudades que se explican tanto por lo que muestran como por lo que silencian. Pasear por La Laguna es recorrer un mapa de nombres, placas y bustos que recuerdan -o intentan recordar- a quienes dejaron huella en su historia. Pero también hay ausencias elocuentes, figuras decisivas cuyo rostro no encontramos en bronce ni en piedra. Una de ellas es la de don Juan Negrín Viña, cuyo nombre sobrevive discretamente en una calle, pero cuya memoria sigue esperando un reconocimiento a la altura de su aportación a la ciudad. Don Juan Negrín Viña no fue un personaje de gestos grandilocuentes ni de protagonismos estridentes. Sacerdote, educador y gestor incansable, pertenece a esa estirpe de hombres que construyen futuro sin buscar aplauso. Su labor estuvo ligada de forma decisiva a la Escuela Normal de Magisterio de La Laguna, en un momento histórico en el que la formación de maestros en Canarias atravesaba una situación crítica, cercana incluso a la desaparición.
Cuando en la posguerra la Escuela de Magisterio languidecía con una matrícula mínima y un horizonte incierto, fue Negrín Viña quien asumió la responsabilidad de salvarla del cierre, recorriendo pueblos, animando vocaciones, gestionando becas, implicando instituciones y convenciendo a familias de que formar maestros era apostar por el porvenir. Gracias a esa tenacidad, la Escuela Normal no solo sobrevivió, sino que creció y se consolidó como un referente educativo en Tenerife. Pero su contribución no se limitó a lo académico. Don Juan Negrín Viña fue también una figura clave en la adquisición de los terrenos donde hoy se levanta el edificio que alberga la Facultad de Educación de la Universidad de La Laguna, desde la que se imparten los grados de Magisterio de Infantil y Primaria. El solar de Heraclio Sánchez, hoy plenamente integrado en la vida universitaria de la ciudad, no cayó del cielo: fue fruto de gestiones, visión de futuro y compromiso con la educación pública.
Resulta paradójico que generaciones enteras de maestros y maestras se formen en un espacio cuya existencia está ligada a una persona de la que apenas se habla. La ciudad honra su nombre con una calle -gesto justo y necesario-, pero carece de un busto, una placa explicativa o un lugar visible que ayude a reconocer quién fue y qué hizo. En una ciudad tan dada a la simbología académica y cultural como La Laguna, esa ausencia no deja de ser significativa. En estos tiempos en los que debatimos con pasión sobre estatuas, retiradas, resignificaciones y memorias, quizá convendría mirar también a quienes nunca llegaron a ser representados. El busto inexistente de don Juan Negrín Viña no es solo una omisión material; es el reflejo de una memoria educativa que a menudo damos por supuesta, olvidando a quienes la hicieron posible en condiciones difíciles.
Recuperar su figura no es un ejercicio de justicia cívica. Reconocer a quien apostó por la formación del profesorado es reconocer el valor social de la educación misma. Un busto, una placa o un espacio con su nombre no resolverían todos los olvidos, pero sí ayudarían a contar mejor la historia de la ciudad y de su universidad. Tal vez haya llegado el momento de preguntarnos qué rostros queremos que acompañen a nuestros estudiantes cuando cruzan cada día las puertas de la Facultad de Educación. Porque hay nombres que merecen algo más que una calle discreta. Y hay ciudades que se hacen más justas cuando se atreven a recordar bien.

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