Cada 16 de agosto La Laguna tiene una cita que no se coloca solo en la agenda, porque está grabada en el corazón de muchos. Es el día de san Roque, el patrón del barrio que lleva su nombre, el santo peregrino que dejó huella de compasión y cuidado por los enfermos. Su pequeña ermita, en lo alto de la montaña desde la que se contempla todo, se convierte en destino de pasos, promesas y recuerdos. Allí, donde el aire es más limpio y la vista abraza a La Laguna, recordarnos que hay gestos que nos unen más allá de las modas y las prisas.
Subir a San Roque no es solo un ejercicio físico: es un símbolo. Es aceptar el reto de caminar juntos, con el calor de agosto sobre los hombros, la caña en la mano y el horizonte de la ermita por delante. Es encontrarse en el camino con vecinos y desconocidos, todos con el mismo destino y, en el fondo, con la misma esperanza. El santo que, según la tradición, ayudó a los contagiados en tiempos de peste, nos invita hoy a curar otras enfermedades: la soledad, la división, el desencuentro. Y su mensaje es sencillo: el cuidado empieza por acercarnos los unos a los otros.
En momentos parece que preferimos los muros a los puentes. La subida a San Roque se convierte en un pequeño acto de resistencia: frente al individualismo, la comunidad; frente a la indiferencia, la fraternidad; frente al conflicto, la concordia. Cada saludo en el camino, cada botella de agua compartida, cada descanso a la sombra, es una lección silenciosa de que no estamos hechos para vivir aislados, sino para caminar acompañados.
Por eso, este 16 de agosto, la invitación está abierta a todos los laguneros, vecinos del barrio o de cualquier rincón de la ciudad. Subir juntos la montaña de San Roque es recordar que la paz no es un concepto abstracto: es un bien que se construye en el trato cotidiano, en el respeto mutuo, en la voluntad de encontrarnos. Allí, al llegar, no importa el cansancio ni el calor; importa la certeza de que, si hemos sido capaces de llegar unidos a lo alto, también podemos construir juntos el abajo.
Y cuando, desde la ermita, se mire el paisaje amplio de La Laguna, que cada uno pueda hacer su oración —en palabras o en silencio— pidiendo por la concordia de nuestra ciudad. Que san Roque, el santo peregrino y protector, bendiga nuestros pasos y nos recuerde que la vida es una subida que vale la pena cuando se hace en compañía. Que su intercesión nos ayude a mantener encendida la llama de la fraternidad, para que en nuestras calles se respire paz, y en nuestras casas se conserve siempre el calor de la concordia.
Y al descender de la montaña, que en el corazón resuene la voz del Evangelio: «Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios». Porque subir a San Roque es, en el fondo, un ensayo de ese Reino en el que nadie camina solo y en el que cada paso hacia el otro es un paso hacia Dios. Que el mismo sendero que nos llevó juntos a la ermita nos conduzca también a tender puentes en nuestras calles, para que la ciudad entera sea un reflejo de esa comunión que el santo patrono inspira.
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