Mañana será un día especial: el calendario respira. Hay fechas que llevan en sí la memoria de siglos y el pulso de un pueblo entero. La Romería de San Roque es uno de esos días. La Laguna entera se siente llamada a salir de sí misma, a reencontrarse, a caminar juntos, a subir a San Roque. No es solo un acto festivo; es una celebración que nace de lo más hondo del alma lagunera, que reconoce en San Roque a un amigo, a un hermano, a un copatrón que ha acompañado nuestras alegrías y pesares.
Este año, su imagen hizo un gesto inédito: participar en la Romería de San Benito. Allí, entre cantos y folklores, San Roque dejó un mensaje silencioso pero poderoso: la fraternidad es más fuerte cuando compartimos el camino. Y ese eco nos llega ahora, en la víspera de su Romería, recordándonos que nuestras fiestas son mucho más que color y música; son espacios donde las manos se estrechan y las miradas se encuentran. En ellas se disuelven las distancias sociales, las etiquetas de barrio o procedencia, los viejos prejuicios entre “los de aquí y los de allá”, “los de arriba y los de abajo”.
No siempre fue así. Nuestra historia está marcada por el encuentro -a veces tenso, a veces fecundo- entre mundos distintos. Los guanches que acogieron la fe traída de fuera no lo hicieron borrando su identidad, sino entrelazándola con una nueva esperanza. De ese mestizaje cultural y espiritual nació una ciudad que ha aprendido a superar los conflictos, a tejer una convivencia donde la diversidad no es amenaza, sino riqueza. La Romería de San Roque es heredera de ese espíritu: el de un pueblo que ha sabido caminar junto, con todo lo que cada uno es y trae consigo.
San Roque, según la tradición, cuidó a los enfermos y acompañó a los pobres. Hoy nos sigue invitando a lo mismo: cuidar de los que sufren, acercarnos a quien está solo, recordar que no somos extraños unos para otros. Para quien tiene fe, es un ejemplo de vida evangélica. Para quien no la tiene, es un símbolo claro de humanidad y servicio. Porque, al final, todos sabemos que una ciudad crece cuando sus gentes se reconocen, se saludan y se alegran juntas.
Mañana, cuando la imagen vuelva a recorrer las calles y los caminos, no será solo un desfile de trajes típicos y carrozas adornadas. Será el latido vivo de una comunidad que no olvida sus raíces y que se sabe capaz de cuidar el presente y el futuro juntos. Salir a su encuentro es mucho más que cumplir con una tradición: es participar en ese milagro sencillo y real de sabernos un solo pueblo, distinto y unido, como siempre quiso el corazón de esta tierra.
En el Evangelio hay un gesto de Jesús que ilumina bien este espíritu: la parábola del Buen Samaritano. Allí, el Maestro rompe barreras culturales y religiosas para mostrar que el verdadero prójimo es quien se detiene, cura las heridas y acompaña el camino del otro, aunque sea un desconocido. En cada romería auténtica hay algo de esa parábola: personas que, más allá de creencias o procedencias, se acercan, se ayudan y se reconocen como parte de la misma historia.
La Romería de San Roque puede ser también una oportunidad para volver a nuestras raíces más hondas, esas que beben del Evangelio y de la persona de Jesús. En Él descubrimos que la fe no es un adorno del pasado, sino una fuente viva que inspira fraternidad, servicio y esperanza. Acercarse a San Roque es, de algún modo, acercarse a esa herencia que nos sostiene: una fe que ha modelado el corazón de nuestra ciudad y que sigue ofreciendo sentido, incluso a quienes la han mirado de lejos. Redescubrirla es redescubrirnos, y caminar con ella es caminar más unidos.
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