«LEER LA VIDA CON LETRAS AJENAS»


Las vacaciones nos regalan algo que escasea el resto del año: tiempo sin reloj. Días más largos, ritmos más lentos, espacios donde el silencio puede colarse sin pedir permiso. En ese paréntesis, la lectura se convierte en una puerta que abrimos no para escapar de la realidad, sino para entrar en ella desde otra perspectiva. Leer en vacaciones no es solo entretenimiento: es una oportunidad para educar la mirada, para aprender a ver el mundo con los ojos de quien lo ha narrado antes que nosotros. 

Cada libro es, en cierto modo, un acto de hospitalidad. Nos acoge en las palabras de otro, en su experiencia, en su imaginación. Cuando abrimos una novela, un ensayo o un poema, estamos dejando que alguien nos preste su mirada, que nos muestre lo que él o ella ha visto, pensado o sentido. En ese préstamo hay un pacto silencioso: quien escribe se ofrece y quien lee se deja transformar. Esa es la gran ayuda mutua que la literatura proporciona: nos salva de la soledad de ver solo con nuestros propios ojos. 

El Papa Francisco, en uno de sus últimas intervenciones sobre la educación y la cultura, nos recordaba que «la literatura, como el arte, nos hace más humanos porque nos permite entrar en la vida de otros y descubrir que en el fondo nos parecemos mucho». Y añadía que leer no es un lujo, sino una necesidad para cultivar la empatía y la compasión, virtudes imprescindibles para una sociedad que no quiera perder su alma. La lectura es, por tanto, una escuela de humanidad que todos podemos cursar, sin matrículas ni exámenes, pero con un único requisito: abrir el corazón junto con el libro. 

Aprovechar el descanso veraniego para leer es también un modo de cuidarnos. Un buen libro puede ser como una sombra en la hora de más calor: refresca la mente y aligera el alma. Puede ser también como un faro en la noche: ilumina el camino que no sabíamos recorrer. Y, a veces, puede ser como un espejo limpio: nos devuelve un reflejo más claro de quiénes somos y quiénes queremos llegar a ser. 

Este agosto, entre playa y montaña, entre paseo y sobremesa, quizá podamos reservar un tiempo para leer algo que nos haga crecer. Que no sea solo pasar páginas, sino permitir que las páginas nos pasen por dentro. Porque, al final, leer es un modo de conversar con lo mejor de los demás para despertar lo mejor de nosotros mismos. Y ese es un viaje que, como todos los buenos viajes, merece la pena emprender. 

Como en la parábola del sembrador, cada libro es una semilla. Algunas caerán en el borde del camino y se perderán; otras, entre piedras, y no tendrán raíz. Pero cuando la palabra escrita encuentra el surco abierto de un corazón dispuesto, germina y da fruto, treinta, sesenta y hasta cien por uno. Así es la lectura que transforma: no solo llena la mente, sino que fecunda la vida entera.

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