«LA FE PINTADA: QUINTANA»


En el tenue resplandor de la sacristía de la Iglesia de Santo Domingo, la pintura de la Sagrada Familia de Cristóbal Hernández de Quintana no es solo una escena sagrada, sino una brisa de ternura encarnada en óleo. Esa familia divina —María, José y el Niño— surge con una intimidad casi susurrante, y en cada trazo se encierra un poema silencioso de amor encarnado, ese que transforma lo divino en el eco suave del hogar humano. Su austeridad barroca, su dibujo sencillo y vibrante, le dan una cualidad casi litúrgica, como un gesto piadoso detenido en el tiempo. 

Y ya se anuncia un nuevo destello de su arte: una Magdalena penitente, inédita aún bajo velo, que será mostrada en noviembre. Se anticipa como una epifanía íntima, reflejo de la gracia callada de una mujer oscura solo en apariencia. María Magdalena, retratada en su recogimiento extremo, encarna el contrito suspiro del arrepentimiento y la belleza del perdón. También aquí, como en la Sagrada Familia, Quintana pinta lo que otros rezaban: la plegaria hecha forma, la fe traducida en color. Su aparición no será solo un hallazgo artístico, sino un instante de contemplación que resuene en el silencio colectivo. 

Podría decirse que el arte es uno de los lenguajes más hondos de la fe, porque traduce lo inefable en formas sensibles. Allí donde la palabra no alcanza, la imagen, la música o la arquitectura abren grietas hacia lo trascendente. El creyente que contempla una obra religiosa no solo ve un objeto estético, sino que entra en un espacio de mediación, donde lo humano se transfigura en signo de lo divino. Así lo entendió Quintana, cuya pintura no es un simple ejercicio barroco, sino un acto de catequesis silenciosa. 

Durante siglos, las pinturas, esculturas y retablos han enseñado a rezar y a comprender los misterios a quienes no podían leer ni escribir. Y todavía hoy, cuando la alfabetización es universal, siguen siendo un modo de despertar la sensibilidad espiritual, porque hablan un idioma universal que no necesita traducción: el del asombro y la belleza. Quintana, consciente de ello, se convierte en maestro de un lenguaje que sigue interpelando al corazón creyente. 

En la experiencia de fe, el arte se hace compañero de camino. No sustituye la Palabra ni el rito, pero los envuelve en un halo de belleza que ensancha el alma. Cuando el fiel contempla una imagen, escucha un canto o pisa un templo, no solo admira: se siente acompañado por la promesa de lo eterno. El arte, así, deja de ser objeto para convertirse en encuentro, y la fe se hace experiencia vivida en los sentidos. 

Quintana no fue un mero retratista del barroco canario, sino un intérprete de la espiritualidad de su tiempo. En cada trazo, en cada rostro sereno o mirada suplicante, dejó impresa la convicción de que la pintura podía ser plegaria. Sus lienzos no buscan solo embellecer templos, sino abrir ventanas a lo eterno, invitando al creyente a entrar en el misterio de la Encarnación, de la Pasión, del perdón. 

Contemplar hoy una obra suya es escuchar una homilía sin palabras, un sermón en colores. Su arte religioso no envejece porque no se limita a un estilo, sino que respira desde la entraña misma de la fe cristiana: la cercanía de Dios al hombre y la posibilidad de redención. Por eso su Sagrada Familia, escondida en la sacristía de Santo Domingo, y la inminente revelación de la Magdalena penitente, no son reliquias, sino espejos donde aún late el corazón creyente de una isla que hizo de la belleza un camino de encuentro con lo divino. 

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