En los pasillos del supermercado moderno se esconde una imagen reveladora de nuestro tiempo: carritos rebosantes de productos innecesarios, empujados con prisa y ansiedad, junto a otros que avanzan vacíos, como esperando una orden urgente de consumo. Esta escena, tan cotidiana como inadvertida, podría servir como símbolo perfecto de la cultura en la que vivimos: una civilización marcada por el afán de tener, por la codicia disfrazada de necesidad, por el vértigo de acumular sin saber muy bien para qué.
No se trata ya de cubrir lo básico. Hemos aprendido a desear por encima de nuestras posibilidades y, lo que es más grave, por encima de nuestras verdaderas necesidades. El deseo se ha vuelto un fin en sí mismo, una especie de apetito permanente que no conoce saciedad. Y así como el hambre natural tiene límites, la codicia parece no tenerlos. Siempre se puede tener un poco más, y siempre se teme tener un poco menos.
La avaricia, que antaño era considerada un vicio serio, ha cambiado de nombre. Hoy se viste de previsión, de crecimiento personal, de éxito económico. Se nos dice que tener más es asegurar el futuro, que acumular es protegerse, que no desear más es estancarse. Pero detrás de esa lógica se esconde un miedo profundo: el miedo al vacío, a la pérdida, a la irrelevancia. Y ese miedo, cuando se instala en el corazón, convierte la vida en una carrera sin meta, en una lista interminable de cosas por conseguir.
Lo sabían los antiguos: no es más rico quien más tiene, sino quien menos necesita. Lo decían los filósofos, lo repetían los sabios, lo enseñaban los santos. Vivir con lo justo no es renunciar a la plenitud, sino abrirle espacio. Pero en una sociedad que valora más el escaparate que el alma, esa verdad suena provocadora, incluso peligrosa. ¿Quién se atreve hoy a decir “esto es suficiente” sin que lo miren como si hubiera perdido la ambición?
El problema no es solo individual. La lógica del tener ha contaminado también nuestras estructuras sociales. Una economía basada en el consumo desenfrenado necesita que nunca nos sintamos satisfechos. Las campañas publicitarias no venden productos, venden carencias. Nos convencen de que aún nos falta algo para ser completos, deseables o felices. En ese juego, incluso la dignidad se mide por la capacidad de adquirir.
Y cuando lo que uno tiene se convierte en el centro de su identidad, toda relación se vuelve transacción. Se compra la amistad, se negocia el amor, se calcula la entrega. La generosidad, entonces, se vive como pérdida, no como regalo. La gratuidad desaparece, y con ella, la alegría sencilla de compartir. Una sociedad codiciosa no solo acumula bienes: acumula desconfianza, soledad, competencia feroz.
Frente a eso, vale la pena recuperar la virtud del desprendimiento. No como renuncia amarga, sino como sabiduría de vida. Aprender a soltar, a dejar ir lo que pesa, lo que estorba, lo que no hace falta. Redescubrir el valor de lo esencial: una conversación honesta, un tiempo de silencio, un gesto de ternura que no cuesta dinero. En el fondo, lo más valioso siempre fue gratuito.
Por eso, de vez en cuando, conviene empujar un carrito vacío. No porque falte, sino porque basta. Porque no se trata de llenarlo todo, sino de caminar ligeros. En ese gesto simbólico se esconde una rebeldía pacífica contra el ruido del tener. Y tal vez también una oración silenciosa que dice: “Estoy bien así, no necesito más para ser”.
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