Hay veranos que parecen eternos, pero siempre llega esa última semana en la que el aire huele a septiembre. Para quienes vivimos ligados al calendario académico, agosto se despide como un viejo amigo que nos ha regalado tiempo para descansar, compartir y pensar con más calma. La vida universitaria, los colegios y el ritmo habitual de la ciudad se preparan para despertar de ese letargo estival. Son días de transición, en los que aún suenan las brisas del descanso, pero ya se escuchan, a lo lejos, los pasos del nuevo curso.
Esta última semana se convierte en un puente entre el descanso y la tarea, entre lo que dejamos atrás y lo que nos espera. Es como si la realidad entera se reuniera para decir: “hemos vivido, hemos reído, y ahora volvemos juntos al trabajo, sin perder la alegría”. Nos recuerda que la vida no se mide solo en horas de labor, sino también en gestos de fraternidad y en la capacidad de caminar al lado de los demás.
Hay algo profundamente educativo en las celebraciones y encuentros que marcan este cierre del verano: en ellos se mezclan generaciones, oficios, acentos y procedencias. No hay distinción entre “los de aquí y los de allá”, “los de arriba y los de abajo”. En la calle, bajo el sol de agosto, todos somos vecinos, peregrinos y amigos. Y aunque la fe no sea para todos un referente habitual, la experiencia compartida enseña que la convivencia es un aprendizaje que se cultiva, y que vale tanto para la vida en el aula como para la vida en la sociedad.
La historia de La Laguna nos recuerda que hemos sabido integrar orígenes distintos desde aquellos guanches que acogieron la fe y la cultura traída de lejos, hasta la sociedad actual que sigue sumando voces y rostros nuevos. Estas tradiciones comunitarias son herederas de ese mestizaje: costumbres que han sabido adaptarse, unir y seguir adelante. Son la imagen viva de un pueblo que no teme al cambio, porque sabe que sus raíces son profundas.
En el Evangelio, Jesús contó la parábola del Buen Samaritano para mostrar que el verdadero prójimo es el que se detiene y ayuda, aunque sea un desconocido. Hay algo de esa parábola en cada encuentro genuino: en la mano que ofrece agua al caminante, en el saludo que cruza la calle, en la sonrisa que se regala sin esperar nada a cambio. Así también comienza un curso: con la oportunidad de ser prójimo para quienes caminan junto a nosotros, aunque sus caminos y los nuestros sean diferentes.
Al cerrar el verano y abrir un nuevo curso, resuenan las palabras de Jesús: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28). Son una invitación a encontrar descanso y fuerza en la compañía mutua, a saber que la vida se hace más ligera cuando se comparte, y que la esperanza se renueva cuando se camina en comunidad. Con esa fuerza, vale la pena volver a la tarea, sabiendo que no caminamos solos.
Me quedo con aquella frase del Principito: «Caminar en compañía es más que llegar: es permanecer juntos». Aprovechemos mientras llega septiembre.
Comentarios
Publicar un comentario