Peregrinos, Palmeros y Romeros son quienes recorren el camino para ir a Santiago de Compostela, a Jerusalén o a Roma, respectivamente, haciendo un camino hacia el sepulcro del Apóstol Santiago, el de Jerusalén o el de los apóstoles Pedro y Pablo, en cada caso. Esta sutileza terminológica, entre nosotros, de manera sencilla y festiva, hace que una romería sea una fiesta popular en torno a un santo y que posea el tipismo de un recorrido de identidad canaria y de vinculación religiosa. En estos días de verano, en muchos lugares, escuchamos con frecuencia la expresión que lleva el título de hoy: “Nos vamos de Romería”.
Salir de nuestro lugar común y dirigirnos hacia otro es todo un ejercicio de reconocimiento simbólico de la propia vida. Vivir es una peregrinación, un camino por etapas que nos lleva de la cuna al sepulcro, y más allá. La curricula vitae es la expresión que recoge la vida profesional como un recorrido, como un camino. Y así en todo. Siempre será un camino personal, social e histórico que nos configura y realiza. Con las múltiples tentaciones de quedarse sentados al borde del camino, por pereza o decepciones, invitados tantas otras a retomarlo o a deshacerlo. A volver atrás o tomar otra dirección de marcha. La vida es una peregrinación.
El maestro Romano Guardini escribió un libro en 1933 titulado “Las etapas de la vida”, -título en alemán Die Lebensalter-, que posee una extraordinaria importancia para la ética y la pedagogía. La obra fue publicada en el contexto de su docencia en Berlín, durante un período de gran actividad intelectual, poco antes de que el régimen nazi lo obligara a dejar su cátedra. Esta breve pero potente obra propone algo radical: que cada edad de la vida —infancia, juventud, madurez y vejez— no es solo un tramo biológico o psicológico, sino una forma espiritual, con su propio valor, dignidad y misión. Guardini no se limita a describir cambios físicos o emocionales, sino que busca entender qué aporta cada etapa a la plenitud de la persona.
Su mensaje desafía la lógica utilitarista y productivista que idolatra la juventud y arrincona la vejez. Para Guardini, cada edad tiene su belleza y sus desafíos. La infancia es apertura confiada; la juventud, descubrimiento y lucha; la madurez, responsabilidad y entrega; la vejez, sabiduría y desprendimiento. Nadie está "acabado" antes de tiempo: la vida es un camino de realización continua.
Esta imagen de la vida como peregrinación —presente en nuestras romerías festivas y en las grandes rutas de fe hacia Santiago, Jerusalén o Roma— dialoga con la propuesta de Romano Guardini en Las etapas de la vida. Para este pensador cristiano, la existencia no se recorre de forma lineal o mecánica, sino a través de momentos cargados de sentido, verdaderas estaciones interiores. Infancia, juventud, madurez y vejez no son meros tramos biológicos, sino formas espirituales, como hitos del camino, cada uno con su propio lenguaje, sus pruebas y su luz. Al igual que el peregrino, quien vive despierto a cada etapa descubre que el viaje no es solo un tránsito, sino un modo de ser, una manera de llegar a lo esencial sin perder el asombro. La romería, entonces, no es solo fiesta: es metáfora de ese camino vital que nos transforma mientras avanzamos.
Por eso, cuando decimos con alegría “nos vamos de romería”, no solo estamos anunciando una fiesta popular o una tradición entrañable. Estamos recordando, aunque sea sin decirlo del todo, que la vida misma es una romería: un camino compartido, hecho de etapas, con pausas, con cantos, con desvíos y con esperanza. Salimos de lo cotidiano para recordar hacia dónde vamos y con quién caminamos. Y como en toda buena romería, no importa solo el destino, sino el modo de andar, la compañía y la mirada agradecida que aprende a reconocer a Dios en cada tramo del sendero.
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