«MIENTRAS UNOS DESCANSAN»


Agosto huele a maletas y a tiempo lento. A amaneceres sin reloj, a siestas que no compiten con el horario, a conversaciones que no tienen que terminar rápido porque al día siguiente no hay que fichar. Son días de descanso para muchos. Se suspenden los correos urgentes, los trámites innecesarios y las reuniones interminables. El verano abre una puerta distinta en la vida, y por ella se cuela algo de paz.

Pero para que eso ocurra -para que unos puedan descansar- otros, necesariamente, tienen que trabajar. Y no me refiero a un sacrificio abstracto. Hablo de rostros concretos: camareras de piso que levantan habitaciones a diario, camareros que sirven con una sonrisa mientras otros brindan, recepcionistas que responden con amabilidad al cansancio ajeno, cocineros que no verán el mar, aunque lo huelan a través del pescado fresco que preparan, conductores, personal de limpieza, mantenimiento, seguridad... una lista larga de oficios que sostienen el bienestar de quienes vacacionan.

A veces olvidamos que el ocio también necesita estructura, cuidado y entrega. Que para que exista descanso, debe haber alguien que lo posibilite. Y que ese alguien no es una máquina impersonal ni un engranaje invisible: es una persona. Con nombre, con historia, con derechos, con dignidad.

Ese trabajo que se intensifica en verano, muchas veces mal pagado y poco reconocido, es en realidad un verdadero servicio al bien común. No se limita a una transacción comercial. Tiene algo de don y algo de hospitalidad. Porque cuando se trabaja bien, aunque sea con cansancio, se hace posible la alegría del otro. Se sostiene algo tan necesario como el descanso, que no es lujo ni capricho, sino necesidad humana profunda.

Lo sabemos bien: quien no descansa, no piensa con claridad, no ama con paciencia, no vive con sentido. Por eso, quienes trabajan para que otros puedan hacerlo, están también construyendo un país más habitable, una sociedad más sana, una humanidad más reconciliada con su ritmo interior.

Por eso, también, estos días son propicios para cultivar la gratitud. Gratitud hacia quienes trabajan en condiciones difíciles. Gratitud hacia quienes, sin grandes palabras, hacen que otros puedan celebrar, respirar, disfrutar. Gratitud silenciosa que se convierte en respeto, en cuidado, en reconocimiento. No todo lo bueno que vivimos nos lo debemos a nosotros mismos. Hay muchas manos invisibles que lo hacen posible.

Y junto a esa gratitud humana, también cabe una gratitud más honda, más callada, más espiritual. La que se dirige a Dios, que sostiene la vida incluso cuando no lo notamos. El descanso también es don. El tiempo libre, la belleza del paisaje, la compañía de los nuestros… todo ello, de algún modo, nos habla de un bien mayor que no hemos fabricado, pero del que formamos parte.

Agradecer a Dios no es una evasión, sino una forma de reconocer que la vida es más que esfuerzo. Que hay algo —o Alguien— que nos excede y nos bendice. Que todo lo que verdaderamente vale la pena nace de la gratuidad. Y que descansar, cuando se hace con gratitud, es también una forma de oración.

Mientras unos descansan, otros construyen la sociedad.

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