Quien camina despacio por las cumbres o los barrancos de Canarias sabe que aquí, entre la piedra volcánica y los alisios constantes, brota una vida vegetal que parece caprichosa. Cardones que parecen esculturas, laurisilvas que susurran con la niebla, sabinas que se doblan, pero no se rompen, bejeques que sobreviven donde uno juraría que no hay agua… Cada isla guarda un repertorio de especies únicas. Y, sin embargo, todas comparten la misma tierra, el mismo sol, el mismo misterio. La naturaleza canaria, tan generosa en su diversidad, nos ofrece una imagen perfecta de lo que somos como sociedad. También nosotros habitamos un archipiélago plural. Personas con historias distintas, lenguas, acentos, orígenes, convicciones, modos de vivir y de creer. Esa pluralidad no es un problema que haya que resolver, sino un hecho que hay que aprender a abrazar. Como el drago y el pino canario, que no compiten entre sí, sino que crecen según su forma, en su sitio, con su ritmo.
Ahora bien, aceptar la pluralidad no significa caer en la confusión o en la indiferencia. Aquí entra una distinción importante: pluralidad es el hecho; pluralismo es la actitud. Y no siempre van de la mano. Uno puede vivir en un entorno diverso y, sin embargo, encerrarse en la sospecha, en el prejuicio, en la necesidad de tener siempre la razón. El pluralismo, en cambio, es una manera de estar en el mundo: abierta, respetuosa, dialogante. No es relativismo ni resignación. Es más bien la firmeza humilde de quien sabe quién es, y por eso no teme al otro. Quizá hemos olvidado que la identidad no se pierde al encontrarse con lo diferente, sino que se enriquece. Lo ajeno no nos amenaza; nos revela. Como un ecosistema que se fortalece con la biodiversidad, una sociedad se vuelve más justa y humana cuando aprende a convivir sin uniformar. Quien solo quiere lo idéntico termina empobreciéndose, como un bosque plantado con un solo árbol.
En tiempos de polarización, de discursos que etiquetan y de miedos que dividen, necesitamos volver a mirar la naturaleza. Aprender del bejeque que brota en lo improbable. Del brezo que florece a 2.000 metros. De la palmera que aguanta los vientos del sur. Cada una tiene su modo de estar, pero todas responden a una misma llamada profunda: la de la vida que se abre paso. Tal vez detrás de esta armonía silenciosa se esconda algo más. Una presencia que no se impone, pero lo sostiene todo. Llámese misterio, trascendencia, Dios o simplemente sentido. No hace ruido, pero lo intuye quien sabe mirar. No excluye, sino que abarca. Y nos recuerda que, aunque distintos, todos venimos de lo mismo y todos vamos hacia algo más grande que nosotros.
En ese horizonte, el pluralismo no es solo una opción ética o política. Es también una forma de fe en lo humano. La convicción de que la diferencia no es un muro, sino una puerta. Y que solo cuando reconocemos al otro como otro —y no como una amenaza— empezamos a construir algo verdaderamente común. Por eso, cuando vuelva a subir a la cumbre o camine por un sendero entre tabaibas y verodes, mire bien. Cada hoja, cada rama, cada flor, es distinta. Pero todas comparten la misma savia. Como nosotros.
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