«EL VALOR DE LO POPULAR»


En tiempos donde todo parece medirse por la velocidad, la eficiencia y la visibilidad mediática, hay una sabiduría que resiste sin ruido: la de lo popular. No hablo aquí del espectáculo ni de la fama, sino de lo popular en su sentido más hondo: la cultura sencilla de la gente real, tejida de costumbres, refranes, fiestas, silencios compartidos, maneras de cuidar y de decir. Esa cultura que no necesita exhibirse para ser verdadera, porque vive en los gestos cotidianos de quienes han aprendido a habitar la vida con dignidad callada. Lo popular no es lo vulgar, ni lo menor. Es lo profundo que se transmite sin tratados, lo aprendido en la mesa familiar, en el campo de trabajo, en las procesiones lentas o en las canciones que nadie grabó pero todos recuerdan. Es memoria encarnada. Y en ella, los pueblos conservan su alma. 

La palabra pueblo —tan usada y tantas veces manipulada— merece ser rescatada como categoría filosófica y social. El pueblo no es una masa ni una estadística: es una comunidad viva de sentido, donde la identidad no se impone, sino que se cultiva. El pueblo es aquel que no olvida sus muertos, que honra sus raíces, que celebra sus santos, que cuida a sus mayores. Es un cuerpo colectivo donde el tiempo no es solo calendario, sino historia vivida. En la cultura popular hay una sabiduría ancestral que desafía la arrogancia tecnocrática: se llama paciencia, se llama compasión, se llama intuición del bien común. Allí donde el sistema olvida o descarta, el pueblo recoge, acoge, recuerda. Lo popular es, en este sentido, una forma de resistencia: contra el olvido, contra la deshumanización, contra la lógica del descarte. 

Hoy más que nunca, urge volver la mirada hacia esa riqueza silenciosa que habita en nuestras plazas, en nuestras romerías, en las recetas de nuestras abuelas, en los oficios antiguos que no se enseñan en las universidades. No para idealizarlo, sino para reconocer en ello una fuente de humanidad que el mundo moderno no debería permitirse perder. Porque un pueblo que se desconecta de su cultura popular es un pueblo que comienza a olvidar quién es. Y cuando se olvida eso, todo lo demás puede ser fácilmente manipulado. 

Al final, lo que de verdad sostiene la vida no son los grandes discursos ni las conquistas espectaculares, sino las cosas pequeñas hechas con amor. Un cuenco de sopa compartido, una palabra a tiempo, una canción que consuela. Es en esos gestos humildes donde se juega lo esencial. Lo que vale no siempre brilla, pero da calor. Y lo popular, en su forma más pura, sigue siendo ese hogar donde lo invisible tiene nombre y lo pequeño importa. 

Hago memoria de aquel que amó a su pueblo y al mío. No era un maestro de cátedras ni un político de salón. Caminaba por los caminos de tierra, hablaba claro y comía con los que todos evitaban. No escribió libros, pero su manera de mirar a la gente quedó grabada en la memoria de los sencillos. Decía cosas que cabían en una frase, pero que daban para toda una vida. No fundó una escuela, pero cambió la forma de educar, cambió la forma de entender el mundo empezando por lo más pequeño: una semilla, un hijo pródigo, un pan partido entre amigos. Su fuerza no venía de imponerse, sino de comprender. Y eso es lo más popular que existe: hacer de la vida compartida el lugar donde todo empieza a tener sentido

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