«CALUMNIA QUE ALGO QUEDA»


Hay frases hechas que se vuelven peligrosamente verdaderas. “Calumnia, que algo queda” es una de ellas. Resume una triste sabiduría de nuestra cultura: decir lo falso, insinuar lo dudoso, empañar el nombre del otro…, aunque después se desmienta. Lo importante no es la verdad, sino el efecto. No importa que sea justo, importa que parezca cierto. Así funciona la calumnia: deja manchas que no se borran del todo, aunque se demuestre que eran mentira. Porque la palabra, cuando se lanza con veneno, siempre deja cicatriz. 

La calumnia no es un error ni una exageración: es una forma de violencia. No destruye con puños, sino con la suavidad de las palabras. Y lo hace a escondidas, con sutileza, con disfraces de ironía o de falsa preocupación. Se presenta como “comentario”, como “advertencia”, como “dato”, pero su raíz es la deslealtad, y su fruto, la desconfianza. La persona calumniada pierde no solo su reputación: pierde oportunidades, relaciones, credibilidad. Y la sociedad, cuando normaliza la calumnia, se vuelve un lugar donde nadie está a salvo. 

La Escritura es clara al respecto. El justo, dice el salmo 14, no difama con su lengua ni hace mal a su prójimo. La calumnia es incompatible con una vida recta. Y no porque se trate solo de no mentir, sino porque quien calumnia rompe lo más sagrado: la confianza entre las personas. Y respecto a la comunicación social, la verdad debe ser servida con caridad, y que la dignidad del otro prevalezca sobre cualquier interés o noticia. Las palabras no son neutras: construyen o destruyen, acarician o hieren, unen o separan. 

Benedicto XVI, profundamente consciente del daño que puede causar el lenguaje, hablaba de “la ecología de la comunicación”. Una sociedad sana necesita palabras limpias, veraces, respetuosas. Y la calumnia contamina: ensucia el aire que todos respiramos. Por eso, la lucha contra la calumnia no es solo un deber moral individual; es una tarea colectiva y cultural. Implica educar la lengua, el juicio, el corazón. Implica también resistir a la tentación de escuchar, compartir o disfrutar del daño ajeno. Porque el que se alimenta del chisme, se vuelve cómplice del calumniador. 

La calumnia muchas veces nace del miedo, la envidia o la frustración. Habla más del que calumnia que del calumniado. Pero aun así, deja su sombra. Por eso, frente a ella, solo hay una respuesta posible: la firmeza de la verdad y la mansedumbre del justo. No se trata de devolver el golpe ni de responder con la misma moneda, sino de sostener con dignidad la limpieza del corazón. Quien ha sido calumniado sabe que lo más difícil no es limpiar su nombre, sino no dejar que el veneno contamine su alma. 

Porque al final, el mayor peligro de la calumnia no es que otros la crean, sino que nos robe la paz. Frente a ella, solo la verdad interior salva. Quien camina en la luz, aun herido, permanece libre. Puede que algo quede… pero no quedará para siempre. Lo que permanece, al final, no es la palabra falsa, sino la fidelidad silenciosa de quien se mantuvo limpio en medio del barro.

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