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La Carta de la Semana (4/12/2014): "ENTRE LA RAZÓN Y EL EXCESO"


Hemos de estar satisfechos de que vivamos en una altura de la civilización en la que se le da a la racionalidad una importancia fundamental. Todos aceptamos bien cuando nos ofrecen argumentos respecto a las afirmaciones que se nos hacen. Todos aceptamos bien los argumentos que nacen de una razón convincente. Ya se le apagó la luz a aquellos argumentos de autoridad que visten el símbolo de “se hace así porque lo digo yo, y punto”. Dame razones y no sólo indicaciones…

Entre la razón y el exceso. De esta manera tan sugerente subtitula el profesor Ángel Cordobilla, docente de la Universidad de Comillas, su último libro titulado “En defensa de la Teología”. Más bien, como indica en sus páginas, pretende ser más un elogio actualizado que una defensa numantina. Porque no es preciso defender lo que deviene por sentido común como acto de demanda un esfuerzo del pensamiento humano. No sólo se defiende lo que se ataca, sino que se protege lo que se aprecia.

En la comunidad de los saberes, la teología pretende pensar con rigor a Dios. El acto de fe en Dios de una persona, si quiere ser verdaderamente humano, ha de contar con las tres coordenadas sobre las que se edifica cualquier acto humano: voluntad, libertad y deliberación. La deliberación, o reflexividad intelectual de la acción es necesaria, es imprescindible. Y, como decía Chesterton, “(…) al entrar en una iglesia, quítate el sombrero, pero no te quites la cabeza”.

Quisiera dar la bienvenida a esta obra teológica de Cordobilla porque es cierto que, acuciada por la irrelevancia social y cultural -y no pocas veces hasta eclesial-, la teología ha sufrido la tentación de renunciar a su identidad y convertirse en una mera fenomenología de lo religioso o en una historia del cristianismo. El don más precioso que Dios nos ha otorgado a los seres humanos son la razón y la libertad que, junto con la capacidad de amar, nos posibilitan pensar incluso en aquello que nos trasciende.

Un elogio a la razón que piensa a Cristo. Gracias, D. Ángel.

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