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QUINARIO - Día primero: "ESCUCHAR A CRISTO"


¡Últimas noticias! Inesperado acontecimiento en la ciudad de San Cristóbal de La Laguna durante el presente mes de septiembre. La Oficina del prensa del Obispado de Tenerife y el portavoz del Ayuntamiento de Aguere han comunicado, en el día de hoy, en rueda de prensa que el Quinario del Santísimo Cristo de La Laguna del presente año, lo presidirá y predicará el Papa Francisco.

¿Qué nos hubiera parecido una noticia como esta, hermanos? Pues, en parte, en algún sentido, puede ser verdad. Apunten en dato... Primer dato.

Segundo dato: la estrofa más conocida del folklore canario en torno a la imagen del Cristo de La Laguna contiene una expresión cargada de elocuente piedad: “Al Cristo de La Laguna mis penas le conté yo; sus labios no se movieron, y sin embargo me habló”. Sus labios inertes... No se movieron, y, me habló... ¿Qué le dijeron al cantor aquellos labios inertes cuando éste le contó sus penas? Segundo dato.

Excmo. Sr. Obispo. Sres. Vicarios. Sr. Deán y Cabido Catedral. Hermanos sacerdotes, diáconos, consagrados, hermanos y hermanas todos en el Señor de la misericordia y el perdón que nos preside en estos días en nuestra Catedral. Un saludo cordialmente especial a la Venerable Esclavitud del Cristo de La Laguna, que, junto a la Junta de Hermandades y Cofradías, y de algunas de nuestras autoridades, nos acompañan en estos días de preparación.

Quisiera invitarles a que en estos días hagamos la experiencia de dejar hablar. Que hagamos el esfuerzo de dejar que otro nos hable. Que nos pueda hablar el Papa. Que escuchemos su voz, que tiene tanto que decirnos... Que nos situemos con sencillez delante de la imagen del Cristo de La Laguna y le dejemos, también, hablar a Él. Como Él habla, como Él dice las cosas que quiere decir; con labios inertes, con voz elocuente, sin ruido, con fina y sutil invitación. Esos dos datos, quiero presentar en este primer día del Quinario. Dos datos en la intención. Atender a la voz del Papa Francisco; y, a la vez, pedirle al Cristo que nos hable... Que terminemos estos días de preparación pudiendo decir con verdad: “...sus labios -tal vez- no se movieron, y sin embargo me habló”. A mí me habló.

El pequeño texto que se nos ha repartido desde el inicio de la celebración con la imagen del Papa Francisco corresponde al número 3 de la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium sobre el anuncio del evangelio en el mundo actual. Es un texto que les propongo para estos días. Que podamos leerlo personalmente varias veces, que lo traigamos a las celebraciones del Quinario, que lo llevemos en el bolsillo. Es la voz del Papa; es la voz que queremos dejar resonar en estos días de preparación.

(Leer el texto)

No basta oír. No nos basta que el sonido atraviese nuestros oídos para poder decir que el mensaje nos ha llegado. A lo largo de la vida tenemos muchas experiencias en las que oímos, pero no escuchamos. A veces porque estamos agobiados por tanto ruido, por otros sonidos... Y nos cuesta poner atención y escuchar a Dios. Otras veces mantenemos inconscientemente la certeza dominante de la cultura que nos envuelve: Dios ya no tiene nada especial que decirnos; no necesitamos escuchar su voz. A veces porque suponemos que el contenido de su palabra no es un bien para nosotros: cualquier cosa que nos diga será una carga, una tenaza a la libertad, una limitación a nuestras fuerzas vitales. Por un motivo o por otro, oímos, pero con la resistencia interior o exterior a escuchar.

Preferimos hablar que escuchar. Ante cualquier eventualidad siempre tenemos un criterio, un consejo, una propuesta. A veces ya tenemos la solución preparada antes de terminar de analizar el problema. No escuchamos; no nos escuchamos. No escuchamos a Jesús. En la Iglesia estamos tan ciertos de ser el Pueblo de la Palabra -y lo somos- que nos cuesta a los fieles y a los sacerdotes tener disposición para escuchar otra voz distinta de la nuestra. Y desde lo alto de la Cruz, Jesús escucha mucho más de lo que habla. Dice lo justo y lo necesario. ¡Cuánto debemos aprender de Nuestro Señor en estos días! Hombres y mujeres atentos, que escuchan, que prestan atención.

Para escuchar hacen falta algunas actitudes fundamentales: Hace falta hacer silencio, prestar atención, suponer que alguien tiene algo que decir y valorar esa palabra. Sin estas actitudes, aunque nos pongamos a oír 24 horas cada días, no escucharemos nada.

1.- Hace falta hacer silencio: No hace mucho tiempo que escuchamos en la lectura semi-continua de los domingos aquel fragmento del libro de los Reyes en los que el profeta Elías subió al monte Horeb a encontrarse con la voz de Dios. Ni el trueno, ni el relámpago, ni el viento... Fue en la sutileza de la brisa suave y silente en el que experimentó la presencia y la voz de Yahveh. No le tengamos miedo al silencio. Hacen falta espacios para escuchar. Lugares que nos liberen de los ruidos que nos impiden un pensamiento sereno y un encuentro con la voz de Dios. Dios no grita; y si uno quiere estar atento a su voz ha de hacer silencio. No queda otra forma.

Pero hace falta hacer silencio frente al hermano. Ante aquel que me habla hay que guardar silencio. Fondo y figura. Sin fondo no se perciben las figuras. Sin silencio no se puede escuchar al otro. Ni al Papa, ni a Cristo ni a nadie... Cualquiera puede ofrecer un mensaje elocuente que nos resulte oportuno. No hay interlocutores inútiles; no hay planteamientos sociales, económicos o políticos que no deban ser escuchados; escuchar bien, a todos, haciendo silencio en nuestra mente y en nuestro corazón. Porque hasta el espíritu crítico con el que debemos escucharlo todo necesita que prestemos atención a la integridad del mensaje. Hacer silencio ante Dios y hacer silencio ante el hermano.

Y hacer silencio para que resuene la palabra. Escuchar no es, sin más entender... Hace falta el silencio de la reflexión para comprender lo que quiso decirme, lo que me dijo... Hacer silencio para reconocer, en esa retroalimentación del eco sonoro de la voz, el significado profundo de la palabra pronunciada. Si no somos capaces de escuchar al otro, ¿cómo vamos a ser capaces de escuchar a Dios? Si no hacemos silencio para escuchar al hermano, ¿cómo lo vamos a hacer para escuchar a Dios? Si no pensamos lo que nos han dicho los otros, ¿cómo vamos a pensar en la Palabra de Dios?

2.- Hace falta prestar atención: También hace falta prestar atención. Mirar a los ojos al que habla y atenderle. La prisa es mal compañera de camino de la actitud dialógica de la escucha. No me digas nada ahora, que ahora tengo prisa... Y llevamos la prisa con nosotros como una mochila permanente sin escuchar nunca a nadie. Párate y presta atención. No te quedes en el brillo de la última novedad o en la luminosa fugacidad del último esnobismo. Párate y presta atención.

¿Qué tal estuvo el sermón? –La verdad es que no sé de qué fue, pero estuvo bonito... Oímos, pero no escuchamos; escuchamos, pero no comprendemos porque no prestamos atención. La superficialidad nos mata a todos un poquito impidiéndonos la posibilidad de ir más allá de las rimas finales de los poemas. ¡Atentos, que habla alguien! ¡Atentos, que habla Dios!

Nos entretienen muchas cosas. A veces estamos entretenidos hasta por nuestras propias ideologías. Y el oído necesita apertura intelectual para acoger la palabra que viene del otro. Yo ya sé lo que es...; yo ya sé lo que quiere decir... Y, a la postre, nada es nuevo y envejecido el corazón no hay palabras nuevas que nos despierten. Para escuchar hace falta prestar atención.

3.- Hace falta reconocer al otro: Hace falta reconocer al otro. Nada impide tanto la escucha como la superficialidad prepotente o la ridiculización del otro. Qué me va a enseñar él... Qué me va a decir él a mí. ¿Cómo puede alguien prestar atención y entender una palabra que viene de lo alto si no es capaz de escuchar con atención la voz del hermano? “Hasta de la boca de los niños de pecho saca Dios su alabanza”. ¿Un niño? ¿Me va a decir a mí un niño? Si no reconocemos al hermano nos perdemos el don de Dios en él. Y el misterio de la Palabra de Dios pasa por la encarnación de la Palabra. Esa Palabra eterna del Padre, por la que fueron hechas todas las cosas, al llegar la plenitud de los tiempos, se hizo carne en el seno virginal de María; nació de mujer la Palabra. Entro en la historia, la Palabra. Usó de palabras humanas la palabra de Dios.

No sólo por el respeto debido al otro. Porque Dios actúa a través de mediaciones. Reconocer al otro es necesario para escuchar la palabra.

4.- Hace falta reconocer su palabra: Y por último. Reconocer la Palabra.

Nos decía el Obispo en el programa de las fiestas “Le adoramos a Él, haciendo un Quinario en el que escuchamos su palabra y participamos de su Sacrificio Redentor en la Eucaristía, le agradecemos sus beneficios, desahogamos con Él nuestras penas, le suplicamos ayuda en nuestras necesidades y le pedimos perdón por nuestros pecados”. Escuchamos su palabra. Para eso es el Quinario. Queremos escuchar al Cristo de La Laguna. Escuchar su Palabra: pronunciada desde toda la eternidad, encarnada en la historia hace veinte siglos, presente en el tiempo en permanente diálogo con toda la humanidad a la que quiere salvar siendo palabra de salvación. A ti y a mí, esa palabra nos salva. Escuchar a Cristo es alcanzar salvación.

Escuchar a Cristo. Ser capaz de escuchar. No solo de oír. Hacer silencio, prestar atención, reconocer al otro, reconocer su Palabra.

María, Madre y Señor Nuestra; que estando al pie de la Cruz escuchaste de labios de Jesús aquellas últimas palabras. Ayúdanos a escuchar a Cristo. Siempre, y en nuestros hermanos. Tú Hermosa Doncella, Reina y Señora Nuestra, Virgen Dolorosa; ruega por nosotros.

Comentarios

  1. Me has dejado en silencio. Quiero escuchar y espero poder oir al Cristo de La Laguna hablarme también a través del otro.

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  2. Soy Miguel, de la Parroquia de Sto. Domingo (con don Lucio). Acabo de descubrir su blog. Maravilloso blog, maravillosas palabras las que nos está diciendo en el Quinario. Gracias por ella, porque intentan hacernos mejores personas, hacernos mejores desde Cristo (teniendo en cuenta al hermano que tenemos al lado). Gracias porque son Vida.

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