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DESDE LA PALABRA (10/08/2014) - DOMINGO XIX: "SILENCIO"


Tener fe, creer en Dios, aceptar a Cristo, creer es un don de Dios. Dios lo da. Pero es, también, una tarea. Muchos hermanos nuestros quisieran creer, y sienten que no pueden, que Dios se les escapa como el agua entre las manos. Otros no creen y tampoco quieren creer, porque, o no se plantean la posibilidad de que Dios exista o no se lo quieren plantear. Otros no creen porque consideran que Dios es incompatible con la racionalidad humana o con lo que consideran certezas de la ciencia. De hecho, no todos creen en Dios. Personalmente nos ha de doler que haya personas que se pierdan la dicha de conocer, amar y seguir a Cristo. Nos debe doler, especialmente, que algunos no puedan creer por culpa de nuestro mal testimonio, por culpa del escándalo de nuestro pecado.

En la primera lectura de este domingo, el profete Elías sube al monte Horeb a intentar encontrarse con Dios. No sabe cómo es y teme ver su rostro. Pero sube al monte. Busca a Dios. A Dios se le encuentra si se le busca. La fe es un don, pero exige tarea de nuestra parte; ponerse en camino y subir al monte de la búsqueda.

Ni en el viento, ni en el terremoto, ni en el fuego… Dios se hizo presente a Elías en el silencio de la brisa suave. De puntillas, sin hacer ruido, sin molestar. El silencio es el espacio para el encuentro. El silencio es el lienzo para pintar con los colores de la experiencia.

A todos nos sobran ruidos, escorrozos, griteríos, sonsonetes… Ruidos que nos entretienen y embotan el pensamiento y el corazón. Buscamos la felicidad de manera ruidosa. Nos aturdimos buscándola. Y nada… no está ahí. Hace falta apagar las luces para ver; hace falta cerrar el oído para escuchar; hace falta hacer silencio para experimentar la presencia de Dios.

Hoy hemos visto cómo Jesús, después de despedir a la gente, cuando el día acabó y cambiaron de orilla con la finalidad de descansar un poco, se retiró a orar. Hizo silencio para tratar con el Padre. Se retiró al silencio.

Los cristianos no podemos olvidarnos de la importancia de la oración. Hace falta escuchar la voz de Dios con el mismo método de Jesucristo: en el silencio de la oración. Los cristianos oramos poco. Hay que despertar en nosotros la importancia y el deseo de la oración. Sin oración nuestra fe termina siendo una idea o unos ritos. Dios no quiere ser una idea, quiere ser el ideal; Dios no quiere estar encerrado en unos ritos, quiere ser una experiencia de salvación. Procuraremos tener una idea adecuada y bien formada de Dios, celebraremos los ritos litúrgicos con todo esmero y atención; pero lo haremos porque Dios es una experiencia tierna y salvífica que nos transforma y el ideal de sentido de nuestra vida.

Orar es estar con Él. Tomar conciencia de su presencia y estar con Él. Hablar de corazón a corazón; con el alma en una mano y el asombro en la otra. Dejar que su presencia nos encienda el corazón en el amor más grande jamás imaginado. Escucharle en ese silencio sonoro de la amistad. Cerrar los ojos para ver su grandeza. Hemos de buscar a Dios en la oración. Necesitamos despertar esta necesidad.

No nos contentemos con rezar. Hacer oraciones es bueno, es recomendable. Todos debemos sabernos oraciones vocales que nos ayuden a dirigirnos a Dios desde la sabiduría de la espiritualidad cristiana. Pero no nos contentemos con ello. Estemos ratos en silencio ante Dios, conscientes de su presencia y asombrados de su amor. Hemos de saber buscar un rato todos los días para hacer esta experiencia de oración y encuentro. Y no nos valen excusas: siempre hay tiempo si se busca. En tu habitación, en el sagrario de una iglesia durante una visita… Un rato, 3 minutos, 5 minutos, 10 minutos… Como Elías en el monte Horeb. Como Jesús antes del descanso de la noche. Un rato para el sosiego y el silencio. Para escuchar en el silencio la voz suave de Dios. Para decirle todo o no decirle nada, pero para estar con Él. Como ideal…, como verdad…, como Amigo.

Santa María, Madre y Maestra de la Oración. Ruega por nosotros.

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