EL ABRAZO DE LOS SENTIDOS


Hay algo misterioso en el encuentro de un pintor con un lienzo vacío. Ante él se abre un espacio de posibilidades que todavía no tiene forma ni color. El pintor observa, imagina, recuerda y comienza a mover el pincel. Su mano acaricia la superficie, reconoce la resistencia de las cerdas, mezcla los pigmentos y deja que aparezcan las primeras pinceladas. Poco a poco surge una imagen que antes no existía. Podríamos pensar que estamos ante una celebración de la vista, porque la pintura parece destinada principalmente a los ojos. Sin embargo, cuanto más contemplamos el trabajo del pintor, más descubrimos que la belleza comienza mucho antes de hacerse visible. 

El pincel es una prolongación de la mano, y la mano pertenece a un cuerpo que siente. El pintor escucha el roce de sus instrumentos, percibe el olor característico de los materiales, experimenta la densidad de la pintura y reconoce con sus dedos la textura del lienzo. Incluso cuando permanece inmóvil ante su obra, todo su cuerpo participa de lo que está sucediendo. No pinta solamente con los ojos. Pinta también con la memoria de sus experiencias, con las emociones que ha vivido y con cuanto ha aprendido a sentir a lo largo de los años. Cada pincelada es, de alguna manera, el resultado de una vida entera. 

Pero sería injusto negar el protagonismo de la mirada. Los ojos poseen una capacidad extraordinaria para descubrir formas, distinguir colores, reconocer proporciones y advertir relaciones. Gracias a ellos, el pintor contempla simultáneamente lo que sucede en diferentes lugares del lienzo. Puede descubrir un desequilibrio, apreciar una armonía o reconocer cómo una pequeña variación de luz transforma el conjunto. Aristóteles concedía a la vista un lugar especial entre nuestros sentidos precisamente por su capacidad para mostrarnos numerosas diferencias entre las cosas. Reconocer esa singularidad no significa despreciar los demás sentidos. La vista tiene su propia dignidad, pero no necesita gobernar en solitario. 

Pensemos en un pintor que intenta representar una tarde de lluvia en La Laguna. Sus ojos descubren los reflejos sobre los adoquines, la luz que atraviesa las nubes y los colores de las fachadas. Pero aquella tarde es mucho más que una imagen. También está el sonido del agua al caer, el olor de la tierra húmeda, el frío que se siente en las manos y la memoria de tantas lluvias anteriores. Todo ello forma parte de la experiencia que el artista intenta expresar. Cuando pinta, no reproduce simplemente lo que ha visto. Trata de comunicar algo de lo que ha vivido. Y quizá por eso un paisaje puede emocionarnos incluso cuando representa un lugar que nunca hemos visitado. 

La belleza no nace, por tanto, de la competencia entre los sentidos, sino de su encuentro. Cada uno aporta una manera particular de acercarnos a las cosas. El oído descubre lo que la mirada no alcanza; el tacto reconoce lo que los colores no expresan; el olfato despierta recuerdos que parecían olvidados. Y todos ellos encuentran en nuestra inteligencia, nuestra sensibilidad y nuestra memoria una unidad que no elimina sus diferencias. No necesitamos sentirlo todo de la misma manera, ni disponer de todos los sentidos, para experimentar la belleza. Lo importante es reconocer que nuestra relación con la realidad es siempre más rica que cualquiera de sus manifestaciones aisladas. 

También en nuestras relaciones personales sucede algo semejante. Podemos mirar un rostro sin descubrir la tristeza que esconde, escuchar unas palabras sin comprender el sufrimiento que expresan o contemplar una escena hermosa sin advertir su profundidad. La belleza verdaderamente humana exige algo más que una percepción superficial. Necesita atención, cercanía y disposición para dejarnos afectar por la realidad. Tal vez por eso algunas de las obras artísticas más conmovedoras no son necesariamente las más perfectas en sus formas, sino aquellas que consiguen transmitir algo verdadero de la condición humana. La belleza no consiste únicamente en aquello que aparece ante nuestros ojos, sino también en cuanto somos capaces de reconocer a través de ellos. 

Vuelvo entonces al pintor, al pincel y al lienzo. La obra terminada parece guardar silencio, pero en ella permanece el movimiento de unas manos, la intensidad de una mirada y la historia de una sensibilidad. El cuadro es visible, aunque su belleza nunca sea solamente visual. Quizá también nosotros debiéramos aprender a vivir como quien pinta, atentos a los colores de la existencia, pero sin olvidar sus sonidos, sus texturas, sus heridas y sus aromas. Porque la vida no se contempla desde fuera: se conoce participando en ella. Y la belleza, más que el triunfo de un sentido sobre los demás, puede entenderse como el fruto de su abrazo.

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