La imagen de esta semana nos regala una vista de La Laguna desde el mirador de San Roque. Desde arriba, la ciudad aparece extendida, serena, casi como un mapa vivo: sus calles, sus casas, sus caminos y, al fondo, el horizonte abierto bajo un cielo de nubes densas y claros de luz. Mirar así tiene algo de privilegio. Desde la altura, todo parece ordenarse, y uno cree comprender mejor el conjunto, captar la belleza de la ciudad y también la pequeñez de cada una de nuestras prisas cotidianas.
Pero esta imagen puede ayudarnos a dar un paso más. Porque, como recordó el papa Francisco, solo tenemos legitimidad para mirar desde arriba si es para tender la mano y levantar al otro. Esa frase encierra una verdadera sabiduría humana y cristiana. Mirar desde arriba no puede convertirse en superioridad, distancia o juicio. La altura solo es noble cuando se transforma en servicio. Ver más lejos debería hacernos más responsables, no más orgullosos; más cercanos, no más fríos.
Quizá esa sea la lección de esta panorámica de La Laguna. Toda mirada elevada está llamada a convertirse en compromiso concreto con quienes caminan abajo, entre dificultades, cansancios y esperanzas. Mirar desde arriba, sí; pero para comprender mejor, para amar más y para ayudar a levantar. Solo entonces la altura no separa: humaniza. Y solo entonces la belleza del paisaje se convierte también en una llamada moral para nuestra vida.
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