Francia ha contemplado estos días una imagen preocupante: centenares de institutos afectados por bloqueos, jóvenes movilizados, enfrentamientos con la policía, numerosos detenidos y agentes heridos. Sería demasiado sencillo reducirlo todo a un problema de orden público. En el origen aparecen también reivindicaciones educativas reconocibles: profesores no sustituidos, edificios deteriorados, aulas numerosas, horarios difíciles y desigualdades entre territorios. La cuestión que merece detenerse a pensar es otra: ¿cómo puede una protesta localizada extenderse, casi de repente, por centenares de centros?
Una parte de la respuesta está en las redes sociales. TikTok, Snapchat o Instagram permiten que una acción realizada por unos pocos estudiantes sea contemplada inmediatamente por miles. Han circulado convocatorias, modelos gráficos semejantes, vídeos de bloqueos y llamadas a reproducirlos en otros institutos. Lo que antes exigía semanas de organización puede extenderse hoy en unas horas. Las redes no inventan necesariamente el malestar, pero pueden multiplicarlo, darle forma y, sobre todo, acelerar extraordinariamente el paso entre la indignación y la acción.
Por eso resulta difícil mantener la antigua distinción entre protesta espontánea y protesta organizada. Un movimiento puede comenzar de manera espontánea y convertirse rápidamente en una movilización coordinada. Después pueden incorporarse sindicatos, organizaciones estudiantiles, grupos políticos o activistas. Las investigaciones realizadas hasta ahora en Francia no permiten afirmar rigurosamente que exista una única dirección responsable de todo el movimiento. Pero tampoco parece suficiente imaginar cientos de institutos actuando independientemente unos de otros. La sociedad digital ha creado una nueva forma de movilización: la protesta en red.
El problema adquiere una especial importancia cuando sus protagonistas son adolescentes. Entre contemplar una imagen, sentirse indignado, recibir una convocatoria y participar en ella pueden transcurrir apenas minutos. La emoción viaja más rápidamente que la reflexión. Precisamente el cardenal Jean-Marc Aveline, presidente de la Conferencia Episcopal Francesa, advertía hace unos meses que uno de los grandes desafíos educativos es formar conciencias capaces de resistir la «anestesia» que pueden producir las redes sociales y sus algoritmos, donde queda demasiado poco espacio para la reflexión y el diálogo. No hablaba de estas protestas, pero sus palabras adquieren ahora una evidente actualidad.
El Evangelio contiene una afirmación especialmente necesaria en este nuevo escenario: «La verdad os hará libres». También en las redes. Ser libres no consiste únicamente en poder expresar inmediatamente lo que sentimos ni en seguir una convocatoria compartida miles de veces. La verdadera libertad necesita preguntar: ¿es cierto?, ¿quién lo afirma?, ¿quién me convoca?, ¿con qué intención?, ¿qué consecuencias tendrá lo que estoy haciendo? Educar para la libertad significa también introducir un pequeño espacio de reflexión entre el impulso recibido y nuestra respuesta.
Esto no disminuye la legitimidad de las reivindicaciones reales. Si faltan profesores, si existen centros deteriorados o profundas desigualdades educativas, las instituciones tienen que escuchar y responder. Pero comprender las causas de una protesta no significa justificar incendios, agresiones o violencia contra las personas. Ambas cosas pueden afirmarse simultáneamente. Una democracia necesita jóvenes capaces de participar, reclamar y transformar aquello que consideran injusto; pero necesita igualmente ciudadanos que sepan distinguir entre reivindicación y violencia, entre compromiso y manipulación.
Quizá lo ocurrido en Francia constituya una advertencia para todos. Durante años nos hemos preocupado por enseñar a nuestros jóvenes a detectar noticias falsas. Tendremos que dar un paso más: enseñarles cómo funcionan la emoción colectiva, la viralidad, los algoritmos y las nuevas formas de movilización. Porque el gran desafío educativo de nuestro tiempo puede no ser conseguir que los jóvenes participen —probablemente participarán—, sino ayudarles a participar libremente. Y para ello deberán aprender a detenerse, pensar y preguntarse, antes de pulsar «compartir» o sumarse a una multitud, qué verdad, qué persona y qué bien quieren realmente defender.
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