Hay una forma de solidaridad que se aprende bajo un paso, entre maderas, sudor y silencio. Es la de los costaleros. Desde fuera admiramos la imagen que avanza solemnemente por las calles, pero debajo sucede algo extraordinario: un grupo de personas comparte un peso que nadie debería soportar en soledad. Una hermosa lección de humanidad que merece ser contemplada más allá de nuestras procesiones.
El costalero no ocupa su lugar para ser visto, sino para sostener. Sabe que el peso existe, que el cansancio llegará y que sus fuerzas no son ilimitadas. Pero sabe también que a su lado hay otros hombros. Cuando uno flaquea, los demás responden. La grandeza de una cuadrilla no consiste en que todos sean fuertes, sino en que ninguno quede abandonado a su debilidad.
Quizá necesitemos aprender a echarnos la realidad al costal. Porque la realidad pesa: la enfermedad, la soledad, las dificultades económicas, la incertidumbre, el sufrimiento de tantas familias. Son cargas que con frecuencia permanecen invisibles. La solidaridad comienza cuando dejamos de preguntarnos de quién es el problema y descubrimos qué parte de ese peso podemos asumir.
Bajo un paso nadie puede caminar exclusivamente a su ritmo. Hay que escuchar, acompasarse, renunciar al protagonismo y permanecer atento al compañero. El individualismo resulta incompatible con el costal. De nada sirve avanzar más deprisa si los demás quedan atrás. Lo importante no es demostrar quién tiene más fuerza, sino conseguir que todos lleguen juntos.
El Evangelio nos presenta una escena admirable. Cuatro hombres llevan a un paralítico hasta Jesús y, al no encontrar paso entre la multitud, lo descuelgan desde el techo. San Marcos cuenta que Jesús, «viendo la fe que tenían», se dirigió al enfermo. Aquellos hombres comprendieron que creer significaba prestar sus brazos a quien no podía caminar. ¡Qué extraordinaria manera de entender la fe!
San Pablo lo expresa con una sencillez admirable: «Llevad los unos las cargas de los otros» (Gálatas 6,2). No dice que las contemplemos, que las juzguemos o que nos emocionemos ante ellas. Dice que las llevemos. Hay una distancia inmensa entre compadecerse del sufrimiento ajeno y ponerse debajo para aliviarlo. La verdadera solidaridad no consiste solamente en sentir con el otro, sino en soportar con él.
Cuando la procesión termine, los costaleros dejarán el paso y regresarán a sus ocupaciones. Pero las cargas de la vida seguirán esperando hombros disponibles. Tal vez la verdadera procesión comience entonces, cuando las imágenes regresan al templo y nosotros volvemos a encontrarnos con el sufrimiento cotidiano. Porque una sociedad se hace verdaderamente humana cuando nadie tiene que cargar solo con el peso de su vida.

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