Hace unos días, mi nefrólogo me recordó una recomendación que, expresada en números, parece bastante sencilla: caminar diez mil pasos diarios. Diez mil. Ni uno de esos grandes propósitos que solemos formular al comenzar el año, ni una empresa extraordinaria reservada para deportistas. Simplemente, caminar. Pero enseguida descubrí que aquella indicación médica encerraba algo más que una recomendación para cuidar la salud. Me situaba ante un ejercicio cotidiano de disciplina, organización y responsabilidad personal. Porque una cosa es comprender lo que debemos hacer y otra, bastante diferente, hacerlo cada día.
La cuestión tiene su dificultad cuando buena parte de nuestras ocupaciones transcurren sentados. Leer, escribir, preparar clases, atender reuniones, estudiar, escuchar, trabajar delante del ordenador… Son actividades necesarias, algunas apasionantes, pero casi todas sedentarias. Podemos terminar una jornada verdaderamente agotados y comprobar, paradójicamente, que apenas nos hemos movido. Estar muy ocupados no significa necesariamente estar físicamente activos. Y entonces aparecen los diez mil pasos, recordándonos que también el cuerpo necesita su espacio en una agenda que tantas veces parece no admitir nuevas obligaciones.
Sin embargo, lo más interesante de esta experiencia no está en la cifra, sino en las virtudes que reclama. La constancia, la perseverancia y la fidelidad son palabras que solemos reservar para compromisos importantes, cuando también se educan mediante gestos aparentemente insignificantes. Caminar cuando apetece resulta relativamente fácil. Lo verdaderamente educativo comienza cuando no apetece, cuando hay cansancio, cuando las obligaciones se acumulan o cuando encontramos razones perfectamente convincentes para dejarlo para mañana. La voluntad no se fortalece únicamente mediante decisiones extraordinarias, sino a través de la repetición consciente de pequeños actos que consideramos valiosos.
Además, los diez mil pasos tienen una peculiaridad: no entienden de calendarios. No distinguen entre lunes y domingo, entre jornada laboral y día festivo, entre vacaciones y tiempo ordinario. Tampoco desaparecen porque llueva, haga frío o el sol invite a buscar refugio. Naturalmente, la prudencia exige adaptar el ejercicio a las circunstancias y atender siempre las indicaciones médicas. Pero la enseñanza permanece: un compromiso auténtico no puede depender exclusivamente de nuestro estado de ánimo. La fidelidad consiste precisamente en permanecer vinculados a aquello que hemos reconocido como bueno, incluso cuando cambian las circunstancias. No es rigidez, sino coherencia; no es obstinación, sino perseverancia razonable.
Hay una expresión del Evangelio que ilumina esta experiencia: «El que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel» (Lc 16,10). Jesús no estaba hablando de ejercicio físico, evidentemente, sino de una disposición fundamental de la persona. La fidelidad no comienza necesariamente en las grandes decisiones, sino en el modo de afrontar las responsabilidades cotidianas. Quizá uno de nuestros errores educativos consista en hablar demasiado de grandes valores y ejercitarlos demasiado poco en las pequeñas cosas. Queremos personas responsables, perseverantes, comprometidas, pero olvidamos que esas virtudes necesitan prácticas concretas. Nadie aprende a ser constante mediante una conferencia sobre la constancia. Se aprende siendo constante.
El propio Evangelio presenta una hermosa escena vinculada al caminar. Los discípulos de Emaús avanzaban desanimados, intentando comprender cuanto había sucedido en Jerusalén, cuando Jesús se acercó y se puso a caminar con ellos (cf. Lc 24,15). Durante aquel recorrido, la conversación fue transformando su manera de comprender la realidad. No resulta difícil reconocer en esa escena una dimensión profundamente humana: caminar permite pensar, recordar, conversar, observar y, en ocasiones, descubrir perspectivas que permanecían ocultas. El camino no es solamente desplazamiento; puede convertirse también en experiencia de encuentro, contemplación y aprendizaje. A veces necesitamos mover los pies para que también se movilicen nuestras preguntas.
He llegado así a una conclusión que quizá pueda parecer desproporcionada ante una simple recomendación médica: nunca es tarde para seguir educándonos. Podemos haber dedicado muchos años a enseñar, acompañar, orientar o aconsejar a otros y descubrir que todavía necesitamos aprender lecciones elementales. La salud nos recuerda nuestra fragilidad; la disciplina, nuestra capacidad de respuesta; y la perseverancia, que la vida se construye paso a paso. No sé si todos los días alcanzaré exactamente la cifra señalada, aunque ese sea mi propósito. Lo que sí sé es que cada jornada vuelve a ofrecerme la posibilidad de intentarlo. Y acaso ahí resida la enseñanza más importante: al final del día, el contador registrará los pasos recorridos, pero lo verdaderamente valioso será haber dado algunos pasos más en la educación de uno mismo.

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