Una bufanda y un diapasón: el maestro que enseñó a cantar a La Laguna


Hace unos días apareció en Facebook una semblanza dedicada a Manuel Borguñó Pla. Su lectura despertó en mí el deseo de rescatar y honrar la memoria de quien consagró buena parte de su vida a la educación musical en Tenerife y dejó también una huella singular en La Laguna. Quienes fueron sus alumnos lo recordaban con una bufanda y un diapasón: dos objetos sencillos que condensan la figura de un maestro atento a cada voz y empeñado en reunir voces diferentes en una armonía común. 

Nacido en Rubí, Barcelona, el 5 de mayo de 1884, Borguñó llegó a Tenerife en 1942. Era compositor, pianista y director coral, pero, sobre todo, un pedagogo convencido de que la música no debía quedar reservada a los conservatorios, los profesionales o quienes poseyeran cualidades excepcionales. Todos los niños tenían derecho a aprender música, porque cantar significaba también educar el oído, la sensibilidad, la atención y la capacidad de convivir. 

En Tenerife encontró su segunda tierra y el lugar desde el que desarrollar aquella vocación. Trabajó con niños y jóvenes, examinó y educó voces, dirigió agrupaciones y formó coros vinculados a diferentes centros. En La Laguna sobresale especialmente su labor al frente de la Schola Cantorum del Seminario Diocesano de Tenerife. Aquel coro no fue un episodio menor dentro de su trayectoria, sino una de las expresiones de su propósito más profundo: convertir el canto colectivo en una verdadera escuela de formación humana. 

Borguñó comprendió algo que trasciende la enseñanza musical. Un coro no se construye eliminando las diferencias, sino logrando que cada voz encuentre su lugar sin dejar de ser ella misma. Nadie puede cantar pensando únicamente en sí; cada integrante debe respirar con los demás, contenerse cuando corresponde y ofrecer su voz al conjunto. La armonía no exige uniformidad: nace cuando voces distintas aprenden a escucharse y descubren que juntas pueden expresar algo que ninguna alcanzaría por separado. 

Desde Santa Cruz impulsó el Instituto Musical de Pedagogía Escolar y Popular y desarrolló métodos destinados a introducir la formación musical y coral en las escuelas. Los títulos de algunas de sus publicaciones —Cincuenta años de educación musical, ¿Ha fracasado la educación musical? o ¿Cómo salvar la educación musical?— revelan una preocupación que lo acompañó durante toda su vida. No quería formar solamente músicos; quería educar personas mediante la música y conseguir que esta ocupara el lugar que merecía en la formación integral de los niños. 

Quizá recordar hoy a Borguñó sea también una forma de preguntarnos qué estamos perdiendo cuando la música queda reducida en la educación. Su utilidad no siempre puede medirse, pero forma capacidades sin las cuales difícilmente se sostiene una comunidad: atención, memoria, paciencia, disciplina, sensibilidad y apertura al otro. En una sociedad donde todos quieren hacerse oír y cada vez resulta más difícil escuchar, la imagen de un grupo de jóvenes de La Laguna aprendiendo a acompasar sus voces bajo la dirección de aquel maestro conserva una inesperada actualidad. 

La Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife custodia su fondo documental, y la Universidad de La Laguna ha catalogado su archivo personal, de gran valor para el estudio de la pedagogía musical española del siglo XX. Sin embargo, el verdadero legado de Manuel Borguñó no cabe por completo en inventarios, fotografías o partituras. Permanece en quienes aprendieron de él y en los discípulos que prolongaron su magisterio. Aquella semblanza encontrada casi casualmente en Facebook merece, por eso, convertirse en una invitación: la de devolver a la memoria de La Laguna al maestro que, con una bufanda y un diapasón, enseñó que una comunidad empieza a formarse cuando sus integrantes aprenden a escucharse y se atreven a cantar juntos.

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