San Miguel, una ermita y la memoria de La Laguna



Hay edificios de La Laguna ante los que pasamos tantas veces que terminan por hacerse invisibles. Uno de ellos ocupa discretamente uno de los extremos de la plaza del Adelantado. La llamamos todavía ermita de San Miguel, aunque hace tiempo que dejó de ser propiamente una ermita. Desacralizada y perteneciente hoy al Ayuntamiento, sus puertas se abren como sala de exposiciones. Pero el nombre permanece. Y los nombres, cuando han acompañado durante siglos a una ciudad, rara vez son inocentes.

La historia nos lleva muy atrás. Alonso Fernández de Lugo mandó construir aquel pequeño templo en 1506 con la intención de que sirviera de panteón familiar. Sus paredes estuvieron vinculadas también a algunas de las primeras reuniones del Cabildo de Tenerife. El edificio que contemplamos actualmente procede fundamentalmente de la reconstrucción realizada en 1759, aunque permanecen vestigios arqueológicos de la construcción primitiva. Es difícil encontrar en tan pocos metros cuadrados una concentración semejante de memoria religiosa, familiar e institucional.

También la plaza que la rodea cuenta una parte esencial de nuestra historia. La actual plaza del Adelantado fue durante siglos corazón de la vida pública de La Laguna. Frente a ella se articularon instituciones, viviendas principales, conventos y espacios desde los que comenzó a organizarse la nueva ciudad. San Miguel quedó así situado no en una periferia devocional, sino junto al escenario donde lo civil, lo religioso y lo cotidiano se encontraban. Tal vez por eso aquella pequeña construcción ha resistido simbólicamente mejor que otros edificios mucho más monumentales.

El tiempo, sin embargo, transforma las ciudades y también sus edificios. San Miguel perdió el culto, conoció etapas de abandono e incluso otros usos hasta convertirse definitivamente en espacio cultural. Hoy el Ayuntamiento la utiliza para exposiciones temporales. Es significativo que en estos mismos días de septiembre acoja una muestra dedicada a la mirada del artista Manolo Sánchez sobre el Cristo de La Laguna. Un antiguo espacio religioso, ya desacralizado, continúa albergando de otro modo imágenes, preguntas y experiencias nacidas de nuestra tradición espiritual.

Pero San Miguel no se quedó encerrado dentro de su antigua ermita. Su fiesta continúa viva. Cada 29 de septiembre, la imagen conservada en la parroquia de Santo Domingo de Guzmán vuelve a convocar a la comunidad cristiana y a la ciudad. Este año celebraremos nuevamente la Eucaristía a las siete de la tarde y después San Miguel saldrá en procesión. Cuando atraviese la plaza del Adelantado y pase junto al edificio que lleva su nombre, se producirá uno de esos diálogos silenciosos que solo pueden comprenderse en ciudades con memoria: la imagen en la calle y la antigua ermita contemplándose después de siglos de historia compartida.

Quizá convenga mirar esa escena sin nostalgia. La historia no puede conservarse congelada. Los edificios cambian de función y las sociedades encuentran nuevas maneras de utilizar el patrimonio recibido. Que la antigua ermita sea hoy una sala de exposiciones permite que permanezca abierta, cuidada y formando parte de la vida cultural lagunera. Pero precisamente por eso resulta importante no olvidar qué fue, por qué está allí y de dónde procede el nombre que seguimos pronunciando. Conservar patrimonio no consiste únicamente en restaurar muros; consiste también en transmitir significados.

Cuando dentro de unos días San Miguel vuelva a recorrer la plaza del Adelantado, no estaremos celebrando únicamente una tradición religiosa. Durante unos minutos, la ciudad caminará alrededor de una parte de su propia historia. La antigua ermita, silenciosa y transformada, seguirá allí. Ya no habrá altar ni culto en su interior, pero sobre su puerta continuará escrito, de alguna manera, el nombre de San Miguel. Y quizá esa sea una de las tareas más hermosas que tiene La Laguna con su patrimonio: hacer posible que los lugares cambien sin que la ciudad olvide lo que significaron.

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