Vivimos bajo el imperio de la mirada. Queremos verlo todo, fotografiarlo todo, mostrarlo todo. Antes de preguntarnos qué significa una cosa, casi siempre preguntamos cómo se ve. Las pantallas han convertido esta antigua inclinación humana en una forma de vida: deslizamos imágenes con el dedo, juzgamos rostros en segundos y atravesamos paisajes sin detenernos verdaderamente en ellos. Tal vez nunca habíamos visto tanto y, paradójicamente, nunca había sido tan necesario preguntarnos si ver es realmente comprender.
La vista tiene algo de soberana. Permite contemplar desde lejos. El ojo observa una montaña sin subirla, contempla el mar sin mojarse, mira un rostro sin necesidad de tocarlo. Quizá por eso hemos terminado imaginando también el conocimiento como una especie de balcón desde el que la inteligencia contempla el mundo. Decimos que una idea es «clara», que algo resulta «evidente», que necesitamos un nuevo «punto de vista». Hasta nuestro lenguaje parece convencido de que entender consiste, en último término, en conseguir ver mejor. Pero la realidad desborda siempre el marco de cualquier ventana.
Porque también conocemos escuchando. Y tocando. Y caminando. Conocemos el frío cuando nos atraviesa y el cansancio cuando pesa sobre las piernas; reconocemos una casa por ciertos olores y una persona querida por una voz que podríamos distinguir entre cientos. El cuerpo no es un accesorio que transporta a nuestra inteligencia de un lugar a otro. Es nuestra primera manera de estar en el mundo. Antes de formular teorías sobre la realidad, ya estamos sumergidos en ella: respiramos su aire, sentimos su temperatura, tropezamos con sus límites y recibimos sus dones.
Esto tiene consecuencias importantes en un tiempo dominado por las apariencias. Una fotografía puede mostrarnos una calle y ocultarnos la vida que sucede en ella. Una estadística puede describir una sociedad y dejar fuera innumerables historias particulares. Una pantalla puede acercarnos un rostro situado a miles de kilómetros y, al mismo tiempo, alejarnos de quien está sentado a nuestro lado. El problema no está en las imágenes ni en los datos. Comienza cuando confundimos una representación de la realidad con la realidad misma. Toda mirada selecciona, encuadra y deja inevitablemente algo fuera.
Educar debería consistir también en aprender a ensanchar los sentidos. Enseñar a mirar, ciertamente, pero también a escuchar aquello que apenas hace ruido; a tocar una realidad antes de emitir sentencia sobre ella; a descubrir conexiones donde inicialmente solo percibíamos fragmentos. Una educación verdaderamente humana no forma simples espectadores del mundo, sino personas capaces de entrar responsablemente en él. Hay conocimientos que solo aparecen cuando uno abandona la distancia y acepta involucrarse. Nadie comprende plenamente la pobreza observándola desde una estadística, ni la soledad leyendo su definición, ni la amistad estudiando un tratado sobre los afectos.
Quizá necesitamos recuperar una inteligencia más humilde: una inteligencia que no pretenda dominar la realidad convirtiéndola inmediatamente en imagen, concepto o consigna. Las cosas poseen una profundidad que no se entrega de una sola vez. También las personas. Conocerlas exige tiempo, cercanía y respeto. La realidad siempre guarda una zona que nuestra mirada todavía no alcanza. Reconocerlo no empobrece el conocimiento; al contrario, lo hace más verdadero. Hay una forma de sabiduría que comienza precisamente cuando dejamos de exigir a lo real que encaje en lo que previamente queríamos encontrar.
Por eso, frente a una civilización fascinada por aquello que se puede exhibir, tal vez convenga reivindicar nuevamente la experiencia de estar presentes. No basta con mirar el mundo: hay que habitarlo. Escucharlo, recorrerlo, dejarnos afectar por él y responder a lo que nos reclama. Los ojos son extraordinarios, pero necesitan del cuerpo entero y de una inteligencia abierta a la complejidad de las cosas. Porque la realidad siempre es mayor que nuestra mirada. Y quizá comprender comience justamente allí donde termina aquello que alcanzamos a ver.
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