María, modelo de la fe cristiana 6 de septiembre — Triduo en honor de Nuestra Señora de los Remedios 113.º aniversario de la Consagración de la Santa Iglesia Catedral
Ayer contemplábamos a María como maestra de caridad y nos quedábamos con tres verbos: levantarse, mirar, permanecer. Hoy volvemos a mirarla desde otra gran palabra cristiana: la fe. Celebramos además el 113.º aniversario de la consagración de esta Santa Iglesia Catedral, y es significativo hablar de la fe aquí, rodeados de piedras que durante más de un siglo han acogido la oración de generaciones enteras.
Estas piedras hablan. Hablan de quienes levantaron y cuidaron este templo, y de quienes entraron por estas puertas buscando a Dios. Aquí se ha bautizado, se ha celebrado la Eucaristía, se han vivido alegrías y lágrimas. Pero las piedras, por hermosas que sean, no creen. Creen las personas. Por eso la pregunta es sencilla: ¿qué significa creer? María puede ayudarnos a responder.
Todo comienza en Nazaret. Una joven escucha una palabra que cambia sus planes. No recibe un mapa ni todas las respuestas. Recibe una promesa y una llamada, y responde: «Hágase en mí según tu palabra». A veces pensamos que la fe consiste en tenerlo todo claro, pero María no sabía lo que vendría después. No sabía que tendría que dar a luz lejos de casa, huir a Egipto o escuchar que una espada atravesaría su alma. Y, sin embargo, dijo sí. Por eso la primera palabra de la fe quizá no sea comprender, sino confiar. Creer es fiarse de Dios cuando vemos el camino, pero también cuando apenas vemos el siguiente paso. Hay caminos cuyo sentido solo aparece mientras los recorremos y preguntas que pueden acompañarnos durante años. María nos enseña que creer no significa dejar de preguntar, sino no dejar de confiar mientras seguimos preguntando.
San Lucas dice que María «guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón». Guardaba. También este es un verbo de fe. María no rechaza lo que no entiende; lo guarda. Quizá también nosotros tengamos cosas guardadas en el corazón: una pregunta sin resolver, una pérdida cuyo sentido no encontramos, una oración que parece no haber sido escuchada. La fe sabe guardar, sabe esperar, sabe concederle tiempo a Dios. Porque creer no es comprenderlo todo; creer es no abandonar a Dios cuando todavía no comprendemos.
Y esta Catedral puede convertirse hoy en una parábola. Una Catedral no se construye de una vez, sino piedra sobre piedra, generación tras generación. Así se construye también la fe: una oración repetida, una Eucaristía celebrada, una palabra del Evangelio que nos toca por dentro, alguien que nos enseñó a rezar. Piedra sobre piedra. Así se levanta una Catedral y así se levanta también una vida creyente. San Pedro llama a los cristianos «piedras vivas». Esta Catedral solo tiene pleno sentido si nosotros somos piedras vivas: un pueblo que rece, que escuche, que celebre y que crea. El mejor homenaje a los 113 años de su consagración no es solamente conservar estas piedras, sino seguir creyendo dentro de ellas y transmitir una experiencia viva de Dios.
Y volvamos finalmente al Calvario. «Junto a la cruz de Jesús estaba su madre». Ayer contemplábamos allí la caridad: María permanece porque ama. Hoy contemplamos la fe: María permanece porque cree. Al pie de la cruz todo parece contradecir la promesa; todo parece terminado. Y ella permanece. No porque comprenda ni porque tenga una explicación, sino porque sigue confiando. Hay momentos en los que creer significa simplemente eso: permanecer cuando no vemos. Creer cuando una enfermedad cambia nuestros planes, cuando alguien querido se marcha, cuando una oración queda sin respuesta, cuando Dios parece guardar silencio. La fe madura no es la que nunca conoce la noche, sino la que ha aprendido a seguir caminando dentro de ella.
María permanece el Viernes Santo sin haber visto todavía la mañana de Pascua. Y esa es también muchas veces nuestra condición: creemos en sábado, entre una promesa recibida y un cumplimiento que todavía no vemos. Por eso hoy podemos quedarnos con tres palabras: confiar, guardar, permanecer. Confiar cuando no conocemos todo el camino; guardar en el corazón aquello que todavía no comprendemos; permanecer cuando la vida se vuelve difícil y Dios parece silencioso. Ayer decíamos: levantarse, mirar, permanecer. Hoy: confiar, guardar, permanecer. Y una palabra une ambas jornadas: permanecer. Porque el amor verdadero permanece y la fe verdadera también.
Toda la vida de María fue un largo sí sostenido en el tiempo. Y quizá eso sea finalmente la fe: seguir diciendo sí a Dios después del primer sí. Que Nuestra Señora de los Remedios nos enseñe a confiar, a guardar y a permanecer. Porque las piedras permanecen, pero solo los corazones pueden creer.
Comentarios
Publicar un comentario