LOS RUIDOS DEL PATIO


La imagen de esta semana no es exactamente una imagen. Es un sonido. O, mejor dicho, muchos sonidos juntos: los ruidos del patio de un colegio. Gritos, carreras, risas, una pelota que bota, alguien que llama a un compañero, conversaciones que se cruzan… Ha comenzado el curso y los patios han vuelto a llenarse de vida.

Porque el patio también educa. Allí se aprende a compartir, a esperar, a perder y a ganar; a formar parte de un grupo y también, algunas veces, a experimentar la soledad. En esos minutos aparentemente secundarios suceden cosas muy importantes: nacen amistades, aparecen conflictos, se ensaya la convivencia.

Quizá por eso los adultos deberíamos escuchar alguna vez con más atención los ruidos de un patio. Detrás del bullicio hay niños y jóvenes aprendiendo algo mucho más difícil que una asignatura: aprendiendo a vivir con los demás.

Y hay también una llamada para quienes educamos. Entre tantas voces puede haber una que nadie escucha; entre tantos juegos, alguien que se ha quedado al margen; entre tantas risas, alguna tristeza que pasa inadvertida.

Esta semana me quedo con ese ruido alegre, desordenado y profundamente humano de nuestros colegios. Porque una escuela viva no es solamente la que transmite conocimientos. Es la que ayuda a cada niño a descubrir que tiene un lugar entre los demás.

Los ruidos del patio: quizá una de las músicas más sencillas y más esperanzadoras de cada comienzo de curso.

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